16/4/12

"Hay que revisar la estructura de las artes escénicas"



Empieza Tamara Rojo a tener algo de reposo después de cuarenta y ocho horas de frenesí tras la publicación de la noticia de su nombramiento como directora del English National Ballet, una de las compañías de ballet más importantes de Gran Bretaña y con un peso capital para el desarrollo de la danza en aquel país. Fue la compañía que le abrió las puertas de Londres, hace ya quince años, y desde la que dio el salto al Royal Ballet, donde se ha convertido en una de las máximas estrellas de la danza de nuestros días. Su propuesta ha sido elegida por los responsables de la compañía, y en septiembre comenzará una nueva etapa de cinco años. Lo hace ilusionada y consciente de la responsabilidad que asume; algo que, como el trabajo, no le asusta.
¿Por qué decidió presentarse al concurso para la dirección del ENB?
Llevo muchos años planteándome esta faceta y preparándome para ello. El consejo rector del Royal Ballet, incluso, me pidió que presentara un proyecto para la sucesión de Monica Mason en la dirección de la compañía. Es lo que quiero hacer ahora, me gusta y creo que puedo hacerlo bien. Voy a por ello. El English National Ballet es una compañía con la que me unen lazos emocionales, porque fue la primera con la que bailé aquí, en Londres, y con la que he seguido manteniendo una buena relación después de mi marcha.
¿Está tan en crisis como se dice en algunos medios?
No lo está. Tienen una historia, buenos bailarines, un repertorio fantástico... Creo que tiene muchas posibilidades. Quizás en los últimos años la dirección no ha sido tan activa, y la situación económica no ha ayudado en ese sentido.
¿Y la situación no le asusta a la hora de asumir esta responsabilidad?
La crisis nos pone las cosas más difíciles, y más a las compañías artísticas. No es de agradecer, pero puede suponer una oportunidad para que nos planteemos en el mundo de la danza si determinadas cosas las hacemos por inercia o porque realmente hay que hacerlas así. La tradición es importante, pero en ocasiones se aplica de manera equivocada.
¿El ENB es una compañía privada o tiene ayuda pública?
Recibe un patrocinio del Arts Council, un organismo similar al Ministerio de Cultura, pero buena parte de su presupuesto proviene de la taquilla. Actúa tres veces al año en el teatro Coliseum, tiene también temporada en el Royal Albert Hall, y luego giras.
¿Qué le diferencia de otras compañías, cuál es su identidad?
Los artistas en el English National Ballet son muy jóvenes, llegan a la compañía casi desde la escuela, se desarrollan allí y el público les ve crecer; les conoce mejor. Y es una compañía que, aunque tiene una tradición y un repertorio clásico, es más creativa. Le gusta hacer cosas diferentes, como el «Lago de los cisnes» que se hizo en círculo en el Royal Albert Hall. Es una compañía muy valiente a la hora de presentar la danza.
¿Tiene ya ideas en ese sentido?
No puedo decir mucho porque no he hablado con nadie todavía, pero mi intención es que se hagan coreografías para la compañía, que tengan piezas creadas para estos bailarines y que ayude a mantener esa identidad propia.
¿Usted va también a coreografiar?
Al principio, al menos, no. Tengo que bailar y dirigir, esas son mis prioridades; además hay gente con mucho talento con la que quiero contar.
Disfruta mucho enseñando, ¿va también a desarrollar esta faceta?
Mi cargo implica también la dirección de la escuela de la compañía, así que tengo también responsabilidad en la formación, pero no voy a estar dando clases todos los días.
¿Reducirá su actividad como bailarina?
Posiblemente haga menos galas fuera de la compañía y me centre más en ella.
El otro día dijo que su ilusión por bailar no ha desaparecido y que, por el contrario, es mayor que nunca. ¿Qué le mueve a seguir saliendo al escenario?
No lo sé. Carlos Acosta, el bailarín cubano con el que trabajo muy a menudo, me preguntaba lo mismo el otro día, y me confesaba que a él le costaba cada vez más salir a bailar. A mí no me ocurre. Y es más, me encanta cómo cambia la perspectiva con los años, es un trabajo que nunca se repite. Me encanta ver la reacción de los públicos en las distintas partes del mundo, ver cómo crecen las nuevas generaciones... Tengo mucha suerte, esta es una profesión privilegiada.
También sacrificada...
Lo más sacrificado es trabajar en algo que no te gusta. Sí, son muchas horas de dedicación, hay que trabajar duro, pero es lo que elegí.
¿Sabe ya qué es lo primero que va a bailar con su nueva compañía?
Sí, el arranque de temporada ya está programado. Haremos La bella durmiente, en la versión que coreografió Kenneth McMillan para esta compañía. Para mí es la mejor, y nunca antes la he bailado.
Siempre ha seguido la actualidad cultural española. ¿Cree que la llegada de José Carlos Martínez a la CND es beneficiosa?
José Carlos tiene capacidad, contactos... Sí, creo que puede aportar mucho. El problema es si va a recibir el apoyo que necesita. En este momento tan difícil que vivimos, los políticos han de darse cuenta de que invertir en cultura, en arte, no solo tiene un beneficio social, sino que también es rentable. Tenemos la posibilidad de ofrecer otras cosas que no sean sol, arena y pisos baratos. A nuestra economía le vendría bien. Y socialmente el arte es imprescindible.
Pero aquí en España hay cierta reticencia a mezclar los términos «cultura» y «turismo».
Si es así me parece una equivocación. Sobre todo en un país como el nuestro, donde hay organizaciones culturales que reciben ayudas públicas que cubren toda su actividad, y a las que no importa si el espectáculo se vende o no. Hay que revisar toda la estructura alrededor de las artes escénicas, y este puede ser un buen momento. Por un lado, los artistas han de ser conscientes de que hay que devolver a los ciudadanos, que les mantienen con sus impuestos, arte, y arte que les importe y les mejore la calidad de vida. Y los políticos han de ver la cultura como lo que es, y no como una oportunidad de cambiar su imagen y ganar elecciones. Es imprescindible que haya independencia entre ambos sectores y que cada uno asuma su propia responsabilidad. Con malas leyes de mecenazgo, injerencias políticas y cambios de dirección constantes no se puede crear nada.
Le parecerá bien entonces el código de buenas prácticas.
Me parece indispensable y espero que se respete. Es una cuestión moral. En esta situación económica, cuando nos estamos replanteando tantas estructuras, la cultura también ha de hacerlo.
¿Tiene pensado volver en algún momento a España?
No lo sé. Un poeta dijo que le dolía España tanto como la quería. Y a mí me pasa eso. Intento no pensar en ello, vivir mi vida, hacerlo lo mejor posible y concentrarme en los proyectos y las realidades que tengo; no hacer castillos en el aire y seguir mirando hacia España con el mismo cariño que siempre.
Su nombramiento, igual que su carrera, no solo es motivo de orgullo, sino que puede servir de estímulo a más de uno.
Supongo que igual que a mí me inspiraban figuras como Ana Laguna, Trinidad Sevillano o Arantxa Argüelles, que triunfaban fuera de España, puedo servir de ejemplo yo también ahora. En ese sentido sí, puedo inspirar, pero mi nombramiento no supone ningún beneficio para mi país.
Pero ese ejemplo y sus palabras pueden mover a alguien con responsabilidad a tomar decisiones.
Yo no gano nada con mis declaraciones; lo que digo es porque creo que beneficiaría a España. No tengo nada que perder ni ganar. Pero sí siento la responsabilidad de tener que decir lo que pienso.
Fuente: Julio Bravo (www.abc.es)

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