12/4/12

Luz de humanidad en las tinieblas



Las nubes se deslizan veloces en un cielo azul. Debe de hacer mucho viento. En la tierra, un grupo de jornaleros avanza a cámara lenta, pesados y con signos de agotamiento. Dos hombres, uno de ellos tremendamente grande y con andares muy torpes, surgen del valle color trigo. Van en busca de trabajo a una granja, pero hacen un alto en el camino. Se tumban en el campo y ahí, con el cielo sobre sus cabezas, van desgranando su sueño. Con paciencia y generosidad, es George el que relata al gigantón Lennie cómo será esa casa al borde de la montaña desde la que podrán contemplar cada noche las estrellas, sin capataces ni trabajos que les machaquen y en la que el propio Lennie podrá tener su pequeña granja de conejos, esos animales con piel suave que tanto le gusta acariciar. Así comienza De ratones y hombres, el clásico del Nobel John Steinbeck, que, dirigido por Miguel del Arco (Madrid, 1965) y protagonizado por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Irene Escolar y otros siete actores más, se estrena en el Teatro Español de Madrid el próximo 12 de abril, en una producción de Concha Busto.
De ratones y hombres es el mayor montaje teatral al que se enfrenta Del Arco, el director al que ahora todo el mundo quiere, el que se ha visto obligado a rechazar encargo tras encargo, el que tiene montajes cerrados de aquí a 2014. La obra de Steinbeck (California, 1902-Nueva York, 1968), escrita originalmente en 1936 como novela y trasladada al teatro por el propio autor, es una estremecedora historia que narra la vida y los sueños de los trabajadores de California, esos temporeros sometidos a durísimas condiciones en el campo, que se mueven en el límite entre la dignidad del ser humano y la animalización. Y en medio, la amistad de dos hombres, George y Lennie (Fernando Cayo y Roberto Álamo), que sueñan con paraísos anhelados, y la presencia de la única mujer (Irene Escolar), una joven casada con el violento hijo del capataz que lo único que desea es compañía. Además de ser una hermosa historia de amor es también un grito de libertad y de humanidad en un mundo acosado por la codicia y la esclavitud, la explotación de los hombres y las dificultades para amarse y comunicarse.
“Lo que más me atraía de esta obra, tan llena de violencia y dureza, tan oscura, era buscar el lado del ser humano, la compasión y el amor en medio de la hostilidad. George y Lennie viven en una jungla brutal, pero hay algo que les une, un vínculo indestructible, una amistad que tienen que ir justificando permanentemente a lo largo de toda la función pero que termina con un tremendo sacrificio. Es una historia también de lealtad, de emoción, de intentar comprender al otro en un mundo agrio. Es una obra que se mueve entre los paraísos perdidos, la infancia, y los anhelados, de los sueños que cada uno pueda conseguir. Es esa parte más luminosa la que me interesaba apoyar porque la parte más negra ya está bien definida. De ratones y hombres es una obra que duele, pero que ilumina”, explica Miguel del Arco, sentado en el Café Gijón de Madrid, con esa sonrisa y placidez que parece no abandonarle nunca.
Bien conocía Steinbeck la vida de todos aquellos desheredados de los valles de California. Él mismo se crió en una granja y compaginó sus estudios, que finalmente abandonaría, con sus trabajos de temporero en el campo. Y allí fue donde el escritor de Tortilla flat, Las uvas de la ira o Al este del edén conoció a esa gente que lo único que busca es prosperar, tener un trozo de tierra, en una lucha casi titánica contra los grandes poderes y tiranos. Esos desheredados que no saben hacia dónde ir, que lo único que hacen es dar vueltas a una noria como una mula sin levantar cabeza o acarrear con pesados fardos de cereal. Toda una historia que la convierte en universal y eterna y que por ello, Del Arco, decidió no trasladarla a la actualidad —“no me hacía falta”—. “Todo lo que les pasa a los personajes de De ratones y hombres se entiende perfectamente y el análisis de paralelismo con la situación que estamos viviendo es inmediato. Es una historia que tiene mucha vigencia. Esa sensación de que estamos ante una masa informe a la que no dejan que se salga del carril para así seguir manteniendo este sistema de corporaciones y gente adinerada, de intentar impedir que la gente tenga un pensamiento”. Del Arco habla como una metralleta, dispara las palabras como si temiera que alguna reflexión se le quedara en el camino.
George y Lennie llegan finalmente a la granja. Allí, en un barracón desvencijado, les esperan siete hombres. Les miran mal desde el principio. No entienden ese vínculo que une a los dos amigos. “¿Viajáis siempre juntos?”, les preguntan con ironía y burla. George tiene que proteger a Lennie, con deficiencia mental severa, de la brutalidad de ese mundo. Está cansado de llevarle siempre a cuestas por esos campos, pero nunca le abandona, le cuida, le acaricia. “Es un jornalero que no tiene recursos ni formación, pero con una gran capacidad de transformar los sueños en palabras, de contar historias y eso le es muy útil a la hora de relacionarse con Lennie. Es un tipo de una enorme generosidad y, al mismo tiempo, de una emocionalidad muy fuerte pero que no sabe conducirla bien”, explica Fernando Cayo sobre este potente personaje, con el que, reconoce, ha sobrepasado unos límites a los que él no estaba acostumbrado.
Y siempre junto a George está Lennie, ese grandullón desvalido y tierno (al enorme cuerpo de Roberto Álamo le han añadido una protesis para dotarle todavía una mayor envergadura) al que le obsesionan las cosas suaves, la piel de ratones y conejos. Cuando Steinbeck escribió la obra poco se sabía de las enfermedades mentales, explica ahora Álamo, que ha llegado a la cita con un enorme casco de moto en el brazo. Ni el actor ni el director querían hacer de Lennie un tonto del pueblo —“eso ahora no se entendería”, puntualiza Álamo, que ha contado con la ayuda de su mujer, una doctora especialista en autismo, para componer el personaje y darle la credibilidad que necesitaba—. “Lennie es la revolución afectiva de la obra. Steinbeck, de manera sabia y sencilla, puso en su boca todas las preguntas que los seres humanos se hacen mentalmente y pocos se atreven a plantear”. Como los niños. "¿Por qué no te dejan entrar en el barracón?", le pregunta Lennie al trabajador negro. "¿No te quieren escuchar? ¿Porque eres mujer?", le dice a la joven esposa. “Lo que demuestra el comportamiento de Lennie es que ser una buena persona no requiere inteligencia, solo humanidad”, añade el actor que interpretó a Urtain y en el que ve muchas semejanzas con el que ahora levanta, con una intensidad y una ternura enormes, en De ratones y hombres.
Y entre esa panda de hombres toscos, una única mujer, delicada y amable, solitaria y deseosa de compañía. Es la joven recién casada con Curley, el hijo del capataz, al que da vida Irene Escolar. “Es el papel más difícil al que me he enfrentado nunca. Combina fragilidad y fuerza y se tiene que ir presentando en escenas repartidas en tres salidas. Es mucho más fácil entrar en una escena y no salir nunca”, reconoce de primeras la actriz, que acaba de recibir entusiasmada el regalo de un ejemplar de un libro de Álvaro Cunqueiro. Si algo tenía claro Del Arco desde el principio es que quería huir del estereotipo de mujerona y jugar con ese elemento de físico delicado y delgado, de niña bonita. “Seleccionarme a mí creo que fue un riesgo porque soy muy joven y además no soy exuberante. Todos la ven como una furcia, pero ella no es así. Es una mujer solitaria que lo único que quiere es hablar con la gente. No tiene estudios ni formación. Su padre era un alcohólico y su madre lo único que ha buscado con ella es la boda con un hombre de cierto nivel económico. Ella solo tiene su cuerpo y su coqueteo para atraer a esos hombres. Solo quiere hablar y que le den cariño”, explica sobre su personaje Irene Escolar, emocionada con subirse de nuevo a ese escenario tan especial y querido en el mundo del teatro que es el Español. La primera vez fue cuando tenía 13 años en una zarzuela que dirigía Mario Gas y que se titulaba Adiós a la bohemia. “Tenía solo una frase y desde entonces no he subido. Solo entrar y olerlo…”, evoca ensoñadora.
La escenografía del montaje, el más grande en la trayectoria de Del Arco, es parte fundamental de las sensaciones que transmite la obra. “La primera premisa con Eduardo Moreno, el escenógrafo, fue el de volvernos un poco locos. Yo no quería el clásico pajar y las llanuras de California. Quería jugar con elementos muy teatrales para reflejar una situación real. Teníamos la necesidad de que fuera un espectáculo muy físico. Por eso es también una obra muy cansada para todos los actores”. A lo largo de los tres actos de la función, 120 minutos sin descanso, no sale ni una tramoya ni un maquinista. Son los actores los que mueven todo en el escenario, desde el levantamiento de la pared hasta el traslado de dos enormes cintas transportadoras de hierro. Y junto a la escenografía, sencilla pero muy poderosa, resalta la luz (obra de Juanjo Llorens), el sonido (Sandra Vicente) y la música (Arnau Vilà), y la introducción de montajes audiovisuales, elementos imprescindibles para entender las claves de la historia.
Todo ese esfuerzo físico e intenso en común ha contribuido, según su director, a crear una sensación de elenco, de grupo compacto, sobre todo tratándose de la primera vez que Del Arco se enfrentaba a una compañía que no es la suya y trabajaba con unos actores con los que nunca antes lo había hecho. Y el resultado no ha podido ser mejor si nos atenemos a las opiniones de los afectados —Cayo: “Es positivo y respetuoso, con un sentido de la verdad definido y claro”; Álamo: “Pone en el centro de la vida el amor y el humor”; Escolar: “Es el Elia Kazan de nuestro tiempo, su mirada está siempre pendiente del actor”—.
¿Qué tiene Miguel del Arco a la hora de trabajar que le hace tan irrepetible?
“Mis claves son el humor, la disciplina y el amor. Yo soy muy disciplinado en el trabajo, ensayo mucho, necesito mucho tiempo para los ensayos, voy muy rápido porque no quiero llegar apretado a los estrenos. No concibo llegar a un estreno con prisas. No puedo soportar los gritos en el trabajo, los malos rollos, que se hable mal. Discuto mucho pero nunca con gente enfadada. Creo que tengo capacidad para conectar con los actores. Soy muy veloz con todo, pero la paciencia con los actores no se me agota nunca. Quiero procurarles esa atmósfera lúcida para que puedan probar. Les voy empujando sin presiones, sin dar la impresión de que les azuzo. Me gusta ser un director desapercibido, que no se me oiga ni se me vea en el escenario. Reivindico también mi derecho a equivocarme y a probar de todo y con todo. Y para que se produzca esa sensación de que no hay límites en el planteamiento de las cosas, necesitas que el trabajo sea lo más lúdico posible, que la gente se lo pase bien. Con De ratones y hombres nos lo hemos pasado muy bien a pesar de ser una función horriblemente oscura. Nos hemos reído mucho, pero también llorado. Me han partido el alma un día sí y otro no”.
Y con ese grado de inconsciencia que se niega a perder y esa presión relativa que siente al ser uno de los directores de escena más exitosos y más deseados, este antiguo nadador y bailarín, músico y actor, espera con ansiedad su estreno en la sala grande del Teatro Español, que nunca antes había pisado, sí en la pequeña con La violación de Lucrecia, con Nuria Espert. “Noto la alegría y la felicidad de poder elegir y eso me hace sentir muy libre. En momentos me da un punto de vértigo, pero puede la parte feliz de este trabajo porque creo que estoy en las mejores condiciones desde el punto de vista artístico”. 

El deseado

El éxito de Miguel del Arco tiene una corta vida pero muy intensa. Fue en 2010 cuando despegó él y la compañía Kamikaze Producciones que comparte con Aitor Tejada, con el modesto montaje La función por hacer, basado en Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, la mayor sorpresa de aquella temporada que, en horario nocturno y solo durante los fines de semana, se estrenó en el teatro Lara. El impacto de la obra fue tan grande que desde entonces Del Arco no ha parado.
De los primeros en fijarse en él fue José Luis Gómez que el mismo día que vio La función por hacer en Lara, le encargó el montaje que él quisiera para el teatro de La Abadía. Así nació Veraneantes, la reescritura del drama del ruso Máximo Gorki trasladado a la España de hoy. A la propuesta de Gómez siguió la llamada de Nuria Espert para hacer juntos La violación de Lucrecia, ese espléndido monólogo en el que la actriz se desdobla en cinco personajes y que estrenó en la sala pequeña del Español. Muy poco después se aventuraba con otra grande del teatro, Carmen Machi, y otro monólogo, en esta ocasión sobre Helena de Troya, Juicio a una zorra, que estrenó en La Abadía.
Pocos días después del estreno de De ratones y hombres le espera otro en el Centro Dramático Nacional. Será el 4 de mayo cuando llegue al escenario del teatro Valle-Inclán, El inspector, la obra de Nikolái Gógol. El inspector, una adaptación de la obra del autor ruso, es una comedia delirante sobre políticos corruptos, concretamente sobre un alcalde de un pueblo al que le visita un inspector de la ciudad. Del Arco ha sacado la historia de la Rusia zarista de mediados del siglo XIX, tal y como hizo con Veraneantes, y la ha trasladado a la actualidad aunque a ningún sitio en concreto. La obra, que tendrá una gran presencia musical, estará protagonizada por Gonzalo de Castro, Pilar de Castro y Juan Antonio Lumbreras, entre otros muchos.
Y así, de momento, hasta 2014.
De ratones y hombres. Dirección de Miguel del Arco. Intérpretes: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Irene Escolar. Teatro Español. Del 12 de abril al 27 de mayo.
Fuente: Rocío García (www.elpais.com)

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