26/4/12

Viaje al teatro español del destierro



“Todos fueron entrando al barco… Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso”. Lo dijo Pablo Neruda en 1939 al hablar del Winnipeg, el barco que logró fletar en Francia, siendo cónsul honorario de Chile en ese país, para sacar del infierno europeo a cientos de republicanos. “Cumplí la más noble misión que he ejercido en mi vida: la de sacar españoles de sus prisiones y enviarlos a mi patria...”.
Uno de los que llegaron a Valparaiso en ese barco era José Ricardo Morales, un joven valenciano que a pesar de sus 23 años ya había estudiado Magisterio y Filosofía y Letras, llevaba años en la FUE(Federación Universitaria Escolar), asociación universitaria progresista, donde dirigió la sección cultural, pertenecía al grupo teatral El búho, dirigido por Max Aub, para el que escribió sus primeras tres obras teatrales, era waterpolista (participó en la Olimpiada Popular de 1936 en Barcelona, frustrada por el golpe de estado franquista), fue redactor jefe de Frente Universitario, así como comisario de brigada del Ejército Popular Republicano, responsable de división en el frente de Ripoll (Cataluña) -donde salvó manuscritos y códices miniados que logró enviar a Suiza- y estuvo en el campo de concentración de Saint-Cyprienen Francia.
Ese joven tiene 96 años, vive en Santiago de Chile, en un país al que, dice, le debe la vida y donde la Academia de la Lengua, a la que pertenece, le ha propuesto en cuatro ocasiones para el Cervantes. En España es desconocido, a pesar de los esfuerzos de la Asociación de Autores de Teatro o profesionales como José Monleón, el fallecido Ricardo Domenech y, sobre todo, Manuel Aznar, impulsor y responsable de la edición de sus obras completas en dos grandes tomos, Teatro(2009), con 42 obras, y Ensayos (sale esta primavera), publicados por la Institució Alfons el Magnànim de Valencia.
Como su literatura, Morales es un hombre marcado por la ironía. Y por una excepcional y privilegiada memoria: “El tener una obra condenada a la postumidad, siempre lo he vivido con humor. Es una manera de asumir lo que no tiene sentido. He llenado el tiempo con obras que resulta que son mis sobras”.
Vive en una sencilla casa con jardín, situada en un barrio que ha prosperado con pisos de alto standing, y que al final ha devenido en un pequeño oasis. Allí y en su casa de veraneo en Isla Negra, muy cerca de la de Neruda, ha creado una impresionante obra cualitativa y cuantitativa: “Escribo para olvidar, para soltar todo lo que tengo dentro”. Y lo hace con un lenguaje primoroso, rico y cultivado, en el que juega constantemente con las palabras, con las situaciones, con propuestas de doble sentido.
“Desde el principio me encontré en Chile como en casa, aunque vivíamos muy precariamente [sus padres y hermano también vinieron], logré revalidar mis estudios”, señala el escritor en cuya tesis doctoralEstilo y Paleografía de los documentos chilenos (siglos XVI y XVII), relacionó la escritura de los escribanos chilenos con el arte de la época, “algo que los franceses hicieron 20 años después”. Y contra todo pronóstico nunca ha tenido nostalgia de España: “Soy español por completo, pero cuando llegué tenía toda la vida por delante, mis padres sí tenían nostalgia y su dolor era otro”.
Su trabajo más importante es, sin duda, su dramaturgia, en la que, curiosamente, nunca habla de la guerra, del exilio, del desgarro: “Porque fue demasiado doloroso para mí y no me gustaba escarbar en mis propias heridas; era muy difícil situarse como testigo de algo en lo que uno había intervenido jugándose la vida, además mi obra tiene la óptica del desterrado, no las circunstancias del desterrado, sino el modo de ver el mundo desde fuera, como un ser extrañado y alejado”, señala.
Siempre habla de destierro. “El exilio es una palabra culta, a utilizar con el que está fuera de sí, pero el destierro es quien ha salido de su tierra forzosamente, es una idea más profunda y real; en su día clasifiqué a los españoles en tres categorías: los aterrados, que se quedaron allí sufriendo el régimen de Franco, los enterrados como Federico y tantos otros y los desterrados, como mi familia”.

Y aquí hizo su obra y vivió su vida. Creó con Ferrater Mora y otros exiliados la editorial Cruz del Sur, dirigió la colección La fuente escondida, donde publicó a los poetas “desterrados, pero por la crítica española que no les hacía ni caso, a pesar de ser muy buenos” y preparó la colección Divinas Palabras, donde colaboraron Guillén, Salinas y otros muchos. Sacó por oposición sus cátedras en arquitectura, filosofía, y la última etapa en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, en el departamento de Estudios Humanísticos.
El destierro también le llegó a su dramaturgia. Expertos y estudiosos de la obra de Morales dicen que por un exceso de vanguardia, de modernidad. “A mi teatro se le ha tenido miedo, y luego le ha llegado el olvido por otras razones”, sostiene. El propio Ferrater Mora señaló que Morales tenía obras, como El embustero en su enredo, (que le estrenó Margarita Xirgu fascinada por el texto, en Chile en 1944 y en Argentina un año después), que son antecedentes clarísimos del teatro del absurdo que aparece con Ionesco en 1950, cosa que también sostienen en sus investigaciones Aznar y Domenech.
A Morales nunca le ha terminado de gustar la definición de teatro del absurdo para su obra: “Yo lo que denuncio es lo absurdo del mundo no el mundo del absurdo y por eso lo he llamado teatro de la incertidumbre”. En ese sentido Morales recuerda las palabras de uno de sus personajes: “Los precursores llegan siempre tarde. Lo importante en este mundo no es llegar el primero, sino llegar a tiempo, y para llegar a tiempo hay que llegar después”.
También Ferrater Mora señaló el nada casual paralelismo entre la obra de Morales, Barbara Fidelis y la obra teatral de Jean Paul Sartre El diablo y el buen dios, publicada unos meses después del encuentro que los dos jóvenes tuvieron con Sartre en su casa parisiense. El filósofo se interesó por lo que hacía Morales, quien le habló de cómo estaba de moda la noción del ser, del teatro dentro del teatro, pero le señaló que en cambio no se reflexionaba sobre el hacer. “Le hablé de cómo el drama es acción y de que trataba la relación entre el acto y sus consecuencias, el conflicto entre el querer y el hacer…”. Y le contó pormenorizadamente su obra. Meses después apareció la obra sartriana y la gran actriz María Casares, íntima amiga de Morales, le dijo “¡esta es tu obra!” a lo que él contestó “Sí, pero no tengo la suerte de ser francés”.
Con su voz profunda, cálida, y casi hipnótica cuenta que él no ha sido de esos exiliados que vivían con las maletas hechas bajo la cama para volver en cualquier momento. “Me di cuenta de que había una conspiración internacional que impedía que eso se produjera”, señala Morales que ha ido a España en alguna ocasión, con su pasaporte chileno, sin renunciar a la doble nacionalidad.
Ni siquiera pensó en abandonar Chile con el golpe de Estado de Pinochet en 1973. “Como pudimos hicimos resistencia en la universidad, mi departamento no se atrevieron a tocarlo, porque tenía los mejores físicos, astrónomos y científicos del país y, como en la universidad no había censura, el decano se atrevió a publicar un volumen con cuatro obras mías [Fantasmagorías] que eran muy antigobierno, pero como no lee nadie, no tuvo ningún efecto y no pasó nada”.
Sus obras, sin ser teatro político, son denunciadoras de situaciones indeseadas. “El teatro siempre es una transgresión, una denuncia, el origen de lo trágico radica en el conflicto que hay entre el mito colectivo, creído, porque no se puede pensar a coro, frente al personaje aislado; es el conflicto entre la idea y la creencia colectiva, ese es el sentido original de la tragedia. Y lo cómico también vulnera lo establecido, la risa también es una transgresión”, dice este hombre acostumbrado a transgredir con la ironía, “que es pensar en doble, decir algo que en apariencia significa una cosa, pero en realidad hace referencia a otra”.
Está convencido de que la tecnología se ha convertido en enemigo del hombre, “una técnica sin logos no es tecnología, ya lo dijo Aristóteles, que aseguró que la técnica es una capacidad productiva, acompañada de razón verdadera, pero la razón verdadera es logos, reflexión, fundamentación y cuando la técnica se potencia a expensas del hombre, como ahora, estamos al servicio de la técnica y no la técnica al servicio nuestro”.
Cree que el teatro sirve para dar conciencia a las personas de aquello que les ocurre sin darse cuenta. “Es como el tábano de Sócrates, sirve para despertar a ese animal que duerme dentro de todos, pero a muchos no les gusta tener conciencia de aquello que son, entonces lo disimulan, lo olvidan, lo descartan y la función social de todo dramaturgo es alertar al prójimo y darle conciencia de algo que ocurre, o puede ocurrir, porque muchas veces es un anuncio de lo que va a llegar”. Sostiene que es un arte muy cercano a la filosofía: “El teatro tiene el dialogo como elemento destacado, así como el juego de posiciones opuestas o diferentes… y eso es filosofía”.
Morales también ha sido pintor, oficio que compartió con su mujer, la también poetisa, Simone Chambelland, fallecida hace unas semanas. “Mi relación con la pintura fue a consecuencia del vacío que se produjo cuando escribía teatro y Xirgu, después de los años cincuenta dejó de trabajar, y me quedé sin compañía que me estrenara”. Ocurrió después de que fundara en Chile el Teatro Experimental y el Teatro Nacional de Chile, donde incorporó el repertorio de El búho: “Hice una transfusión, en vez de sangre, fue de ideas”.
“Pero volví al teatro y me olvidé de la pintura”. Un teatro denunciador “ecléctico, como mis ensayos”, comenta el escritor quien para ejemplificar recuerda dos de sus ensayos, uno en el que relaciona La Venus del espejo con Celestina y otro sobre La tempestad de Giorgione, que Morales sostiene que está describiendo el principio de Las Bacantes, de Eurípides, rebatiendo la teoría de tantos estudios sobre el significado de ambos cuadros. Aunque su ensayo más conocido esArquitectónica, donde sostiene una teoría de la arquitectura en función del hombre, no de las piedras. “Hablo de que las creencias no son ideas, y las ideologías se convierten en idolatrías, la tecnolatría es una idolatría por la técnica actual”.
A sus 96 años nunca ha militado en ningún partido: “He sido y soy republicano, radical socialista, pero de un socialismo no beligerante, no limitado a consignas, participo de varias posiciones diferentes, pero no descarto la política, estoy aquí por política y eso nunca lo olvido”, señala este hombre que sigue de cerca la actualidad española. Sobre los últimos acontecimientos con la monarquía española dice: “El Rey es una persona que no la puedo elegir y, por lo tanto, no me interesa, me la imponen; la ventaja de la elección es esa, que si alguien no concuerda conmigo, no le voto, y no entiendo que el Rey tenga que quedarse ahí para siempre; además lo que ha ocurrido últimamente ha sido una vergüenza, ¡irse de caza con un país agotado!, me parece una inconsecuencia que un señor así merezca respeto”, dice este dramaturgo hoy más cercano al ensayo que al teatro: “En mi vida he creado, he vivido y he tenido tantos conflictos que no me quedan ganas de producir otros nuevos, ese es el problema, y el teatro es conflicto, porque son posiciones contrapuestas y me cuesta más pensar conflictos y producirlos”.
Ahora sus planes son seguir siendo un resistente.
Fuente: Rosana Torres (www.elpais.com)

0 comentarios:

Publica un comentari a l'entrada