13/5/12

Matadero prueba la danza


Apenas unos días antes del estallido de la Revolución Francesa, en Burdeos se estrenaba el ballet La Fille mal Gardée. Aparentemente era un ballet inocente y pastoril, pero en su argumento hablaba de muchas cosas: el enriquecimiento ilícito con la especulación del trigo, la ostentación de los nuevos ricos, la falta de oportunidades de los jóvenes ante un futuro incierto, la lejana indiferencia del poder y el triunfo redentor del amor como una forma de salida.

La Fille… de Jean Dauberval es el ballet de repertorio más antiguo que se conserva y es verdad que cada época tiene su “muchacha mal custodiada” como también su propia “vieja dama indigna” (un carácter teatral ejemplarizante). Sharon Fridman (Hadera, Israel, 1980) ha mirado a su alrededor; Dauberval lo hizo en 1789. Lo que vieron, no le gustaba ni le gusta a nadie. En ambos casos suben a escena sin esfuerzo las grandes preguntas específicas de su momento histórico y social. Y esto se hace sin artificios ni alambicadas formulaciones irritantes, ya en sí además de un valor moral y estético, una razón de ser que tanto público como el arte propio de la danza teatral agradecen en grado sumo, sobre todo en una época y en unas circunstancias erizadas de oportunismo y malversación de valores de todo orden.

Fridman en el siglo XXI, aún con vacilaciones en lo artístico, liberado de la presión de un argumento convencional, busca sobre un estro solidario, lo que discurre amargamente a ojos de todos con terribles aires letales y presagios: guerras, hambre, racismo, terrorismo y una ensordecedora acumulación de mentiras. La inspiración también es moral en la que no puede faltar una cierta actitud romántica sobre la disciplina del reglado coréutico. Lo pide con urgencia esa realidad inspiradora, su presión, el entorno donde conviven las preguntas de ayer con las de mañana. El estreno de Matadero se ha hecho coincidir apenas cuatro días antes del aniversario del 15-M, y de hecho, el coreógrafo ha manifestado su empatía con ese movimiento.

Rizoma, que dura más o menos lo que el sol en salir o en ocultarse (una estimación de entre 20 y 30 minutos), prometía bastante más de lo que ofreció en la práctica al numeroso público que se reunió en el patio de Matadero Madrid, algunos paseantes caniculares y otros convocados al evento en sí. En algunas ocasiones será representado al amanecer. Basta con remitirse a ese ciclo metafórico de fin y principio para atender al creador desde una perspectiva no convencional; es un artista que se informa de lo estético libertario a los guiños sólo aparentemente ancestrales del movimiento primitivista. No hay una persecución del plano complaciente sino una acción reflejo capaz de explicarse por sí misma. La figura es el discurso, o debía serlo, y no hay lugar para una piedad moderna porque no nos la han enseñado; algo así más o menos decía Emerson intuyendo las desgracias por venir. Fridman quiere poner su grano de fuerza en esa lucha contra la indiferencia.

Si se entra en Rizoma podemos quedar pasmados frente a un horizonte incierto y poco esperanzador. El pasado viernes 11 la falta de una buena organización productiva arruinó parcialmente el acto de Matadero. No se cuidó el acotado de la zona de danza con respecto a la zona de observación; la música para diez violonchelos sonaba a inconclusa y poco coherente, a ratos metida en asuntos seriales o a ratos en esfuerzos melódicos y de canon que recordaban pálidamente otras obras. Y no sonaba aquello del todo original, el efecto se diluía con facilidad.

Hubo circunstancias graciosas, unos niños quisieron integrarse en la movida, pero fueron apartados. El inicio, muy del estilo ya hoy antiguo de búsqueda de sonoridades guturales a lo Grotowski, tuvo un cierto impacto, pero eso luego se esfumó en frases corporales sucesivas, muchas de suelo, resueltas a veces con torpeza funcional. El dibujo de gran apoyo común del final, resultaba algo obvio, pero tenía que ser así. La música siguió siendo indecisa. Como todo experimento, Rizomadebe seguir adelante.

Fuente: Roger Salas (www.elpais.com)

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