7/6/12

Una ‘troupe’ asamblearia



Dicen que no tienen director, y que no se trata de una cuestión de reacción contra la autoridad. “Queremos cultivar nuestro desarrollo personal”, aseguran, sentados frente al diáfano muro de cristal que cierra uno de los múltiples espacios de los madrileños Teatros del Canal. Provenientes de Amberes, al norte de Bélgica, los miembros de la compañía teatral sg STAN presentaron allí este pasado fin de semana, en el marco del ya concluso Festival de Otoño en Primavera, su espectáculo El Camino Solitario, basado en un texto de Arthur Schnitzler. Y desde el primer momento, se afanaron en subrayar que su trabajo no se gesta como en otras troupes tradicionales.
“Cuatro de nosotros comenzamos en 1989, tras graduarnos en el conservatorio de nuestra ciudad”, explica Frank Vercruyssen, uno de aquellos miembros originales que ahora se han convertido en nueve, de los que se presenta en la rueda de prensa un destacamento de seis, tres hombres y tres mujeres, una de las cuales no pertenece a la compañía, sino que trabaja con ellos como freelance. Todo un embrollo que se clarifica según avanzan sus explicaciones sobre su método de trabajo, fundamentado, señalan, en la confianza y el respeto mutuos y en la prioridad que conceden al desarrollo personal y la colaboración.
Desde aquellos principios en Amberes, ya tenían claro que no querían colaborar con ninguna compañía existente. Sus objetivos residían más allá. “Teníamos ganas de hacerlo todo en el teatro, desde la comunicación a la puesta en escena, la producción, la escenografía, los decorados…”, señala Vercruyssen, erigido en portavoz del grupo. Aunque el concepto en España puede resultar estrambótico, lo cierto es, aseguran, que en Bélgica y en Holanda existen más compañías que funcionan con los mismos parámetros, y que han supuesto una influencia para ellos. “Aquello era en los orígenes, ahora han entrado personas en la compañía que se encargan de ciertos aspectos, aunque la organización sigue siendo horizontal”.
Para abordar los montajes, muchos basados en textos de autores del repertorio clásico, estos actores literalmente polifacéticos se reúnen en el edificio que les sirve de sede. Pero no ensayan. “Nos sentamos alrededor de una mesa y hablamos de todas las cosas que necesitamos: el vestuario, la iluminación…”. También repiten el texto tantas veces como les sea posible en las seis u ocho semanas que invierten en ese proceso previo al estreno, y lo hacen en sus tres lenguas de trabajo: el flamenco, el francés y el inglés. Pero no cada uno su propio papel, sino todo el guion. Porque sobre las tablas, los roles se intercambian, y cada personaje es interpretado por distintos actores en una misma función. “El objetivo no es confundir al espectador”, matizan. “Nosotros ayudamos a que se pueda comprender la historia: siempre nombramos a los personajes cuando se alternan, y nos cambiamos de traje: no se abandona al público a su suerte”.
Lo de introducirse bajo la piel de distintos sujetos se debe, según explican, a que su apuesta artística se centra fundamentalmente en el autor. “No somos Robert de Niro ni Marlon Brando”, declaran. “La clave para nosotros es nuestra capacidad de elegir, tanto nuestros textos como nuestros personajes”. Aunque eso no significa que no se metan en el papel. “No es un rechazo a la emocionalidad, ni tampoco es frialdad. Es la decisión personal del actor: elegir hasta dónde se mete en el personaje. Esto es algo que podemos hacer gracias a la confianza y al amor que existe entre nosotros como actores, porque como tales somos muy vulnerables”.
Es solo tres o cuatro días antes del estreno cuando la compañía se plantea cómo se verá su representación sobre el escenario. “Hacemos una especie de puesta en escena, en la que se parte del texto, no hay improvisación”, indica Vercruyssen. Y cuando se ponen de frente al espectador, la pieza cobra toda su personalidad. “El público hace con nosotros el espectáculo, es el tercer actor. Por eso, cada una de nuestras funciones es diferente”.
Fuente: Sílvia Hernando (www.elpais.com)

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