26/8/12

El clan de los Gutiérrez Caba



Fuente: Rosana Torres (www.elpais.com)

Puede que no compartan ningún aire de familia, pero los tres pertenecen a la misma estirpe de grandes actores españoles. Julia y Emilio Gutiérrez Caba e Irene Escolar están marcados por un oficio común, y por algo que han ido heredando y trabajándose generación tras generación: una gran coherencia, una intachable profesionalidad y un merecido prestigio.
La historia se remonta al valenciano Pascual Alba, quien en los años cincuenta del siglo XIX inicia la dinastía. Nació en Navajas (Castellón), una ciudad balneario donde su familia se refugió de la peste. Hacía teatro y zarzuelas y llegó a tener cierta fama que aumentaron sus hijas Leocadia, en el escenario desde los 11 años (debuta en 1880) e Irene Alba. Las dos formaron parte del mítico estreno de La verbena de la Paloma, en 1894, en Madrid. En aquella función también trabajaba Manuel Caba, con quien Irene Alba se terminaría casando y teniendo cinco hijos, de los cuales de nuevo dos chicas llegan a ser muy conocidas: Julia e Irene Caba Alba. Esta última se casa con el actor Emilio Gutiérrez en 1926 y tienen tres hijos: Emilio (el más pequeño), Julia e Irene (la mayor, que fallece en 1994, y cuya nieta, Irene Escolar, sigue la dinastía actoral).
En resumen, entre Pascual y la joven Irene hay toda una saga marcada por cientos de películas, obras de teatro, premios… y un rico anecdotario que rememoran estos tres actores en su primer encuentro juntos para un medio de comunicación.
Emilio y Julia señalan que para ellos su familia no era distinta a otras, pero algo les diferenciaba de otros niños: aun creyendo en los Reyes Magos, se daban cuenta de que los de las cabalgatas no eran los auténticos, porque distinguían muy bien los pelucones y barbas postizas, esos que tantas veces se ponía su padre para trabajar. “En aquella época, los actores aportaban a la función todo: ropa, un bigote o un sombrero”, comenta Julia. Emilio reseña que incluso influía, a la hora de la contratación, si se tenía un buen baúl. “En más de una ocasión se oía: ‘Fulanito es muy mal actor, pero tiene el traje del Tenorio, así que vamos a contratarle’. Y cuando se buscaba a un cómico [término que se da a todos los actores, hagan lo que hagan], como mi bisabuelo, para una compañía, el empresario le preguntaba: ‘¿Qué repertorio tiene usted?’, y en vez de decir las obras que sabía, contestaba: ‘Tengo un frac, un esmoquin, una capa…”.
Los dos hermanos cuentan, con esa mirada viva, casi excitada y divertida, del que saca el anecdotario de su vida ante un ser querido (Irene en este caso), cómo el padre de ambos tenía un hermoso baúl y se ocupaba de su caracterización. Y luego van aún más atrás. “En la época del bisabuelo”, añaden en referencia a Pascual Alba, “los actores cobraban una parte en dinero y otra en velas. Como no había luz eléctrica en los teatros, se maquillaban a la luz de las velas. Los más considerados recibían varias por función. Solo gastaban dos, guardaban las sobrantes y cuando llegaban a Madrid o Barcelona las revendían en las cererías”.
El apuntador era entonces una figura imprescindible: “¿Cómo no iba a haber uno si se representaban 10 o 12 obras distintas a la semana?”, dice Julia. “¡Y cómo no iban a hablar alto si tenían que tapar al apuntador!”, apostilla Emilio, sobre un sistema que fue desapareciendo en los años sesenta y hoy solo se encuentra en algunas óperas, nunca dentro de la concha del proscenio.
“Cuando íbamos al norte con mis padres, a sanfermines y ferias, cada día se hacía una representación diferente”, recuerda Julia. “Según qué apuntador fuera, te podía ir bien o no. Era un seguro de vida, formaba parte del espectáculo y siempre preguntabas: ‘¿Quién viene de apuntador?’, y si era uno bueno, tenías claro que era suficiente con saberse los títulos y poco más”, dice Emilio.
Luego llegó la extinción de lo que por entonces se entendía como regidor de escena: “No tenían nada que ver con los de hoy, aquel mandaba absolutamente en el escenario; de hecho, la primera frase de la representación en escena te la marcaba él, no el apuntador, porque eso hubiera sido un sacrilegio, lo recuerdo de mi primera función de teatro”, dice Emilio rememorando un 20 de agosto de hace justo 50 años. Mientras él y Julia hablan, su sobrina nieta los mira arrobada y no para de sonreír, o de reír abiertamente.
A la hora de decidirse por este oficio, Julia y Emilio han sido los más tardíos y dubitativos. Ella empezó a trabajar diseñando, y él, en un laboratorio, mientras que su hermana Irene se lanzó como actriz a los 16 años. Aún más precoz ha sido la joven Escolar que participó en Mariana Pineda, de García Lorca, con solo 10 años.
Los primeros recuerdos teatrales de Emilio están dispersos. Provienen de la compañía del Infanta Isabel, con Arturo Serrano e Isabelita Garcés, donde todo era estricto y rígido, y de la compañía de Catalina Bárcena, completamente distinta. “En el instituto de San Isidro fui alumno de Antonio Ayora, y me di cuenta de que el teatro era un crisol enorme, lleno de diversidad”, dice de una institución de la que ha salido mucha gente implicada con la escena: el dramaturgo Ignacio Amestoy, los actores Manuel Galiana, Amparo Pamplona, José Carabias y el crítico Enrique Centeno, fallecido hace unos días. “Ayora era actor de la compañía de Margarita Xirgu e importante durante la II República; tras salir de la cárcel se hizo profesor de literatura, con su pasado muy silenciado. Con él montábamos un repertorio muy republicano, lleno de textos del Siglo de Oro”.
Mientras sus hermanas Irene y Julia transitaban por clásicos contemporáneos y dramaturgos vivos, Emilio recorría el barroco. “Ayora me enseña una literatura dramática muy distinta a la que conocía, incluso por mi familia”. Julia recuerda que cuando su hermano estudiaba, ella ya estaba enfrascada en su oficio y a veces rodaba por la mañana cine o televisión, representaba por la tarde dos funciones y ensayaba por la noche un nuevo montaje.
Desde pequeñas iban siempre con sus padres de gira: “Mi madre no se podía permitir ningún lujo, pero quería que pasáramos el mayor tiempo posible con ella”. Un verano en que ya no era tan niña, y animada por los compañeros de su madre, salió por primera vez al escenario. Su debut fue recibido con un apagón y ella se dijo: “Sabía que algo saldría mal”. Más adelante tomó conciencia de que tenía que aportar algo: “Estaba en una familia que se nutría de las adversidades de la escasez, y hacer un meritoriaje suponía que te pagaran los viajes, aunque no tuvieras sueldo”. Recuerda que era normal que los actores tuvieran alhajas: “No les daban créditos y las joyas se empeñaban; no era ostentación, era un seguro en un oficio que entonces y ahora es inseguro. Y más en una familia en la que todos eran actores”.
Irene, como sus tíos abuelos, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela…, entra en contacto con el teatro antes de saber leer, escribir, andar, hablar: “Iba a ver a mi abuela al camerino siendo muy niña y quería actuar; ella me recordaba que no podía, porque no sabía leer y no podía aprender el papel y trataba de convencerla para hacer de perro y salir con ella”. Le daba igual todo con tal de salir al escenario. Su tía abuela lo confirma: “Apenas sabía andar, pero iba a vernos al camerino, agarraba lo que pudiera para pintarrajearse y buscaba el escenario; salía, antes o después de la función, al tiempo que preguntaba todo, ‘dónde te sientas, qué dices, qué haces…’, era infatigable”.
En el laboratorio, Emilio se da cuenta de que aquello es muy monótono, todo consistía en ascender y a los cincuenta y tantos jubilarse: “Y ya habías pasado la vida… Pensé que esto de vivir es igual de complicado en todas partes. Aproveché que había un sitio donde tenía facultades, más facilidad de moverme. Siempre desde ese empeño masoquista del ser humano de hacerlo todo más difícil… Hasta que empezó a eclosionar la televisión y me arrastró”.
Los tres tienen claro que han recibido un legado familiar intangible: “No había más que ver cómo eran y cómo habían vivido”. Les dejaban muy claro que estaban en esta profesión porque les gustaba, pero había que trabajar porque necesitabas dinero: “No era nada deshonroso; lo que trabajabas era lo que ganabas y no más allá; no entiendo las primas a futbolistas, es como si me dijeran: ‘si hace hoy un mutis glorioso, le pagamos más”, apunta Emilio.
Irene tiene claro que le gustaría ser igual de comprometida que ellos: “Tener la misma disciplina; miro a Julia y me encantaría ser como ella”. Y su tía le espeta: “Te lo cambio sin ver”. También hablan entre ellos de cómo en este oficio la discriminación hacia la mujer no se ha dado. Muchas actrices eran empresarias y ecónomas. Tampoco había rechazo al homosexual y se sabía, como algo natural, quién estaba con quién, fuera del sexo que fuera. “Lo curioso es que muchas actrices llevaban las riendas y llegaban a sus casas, y allí tenían el rol de mujer tradicional. Salvo alguna excepción, se desdoblaban, como mi madre, cuyo sueldo era el más importante, pero llevaba la casa; empezaba temprano con los desayunos, no para nuestro padre, que se acostaba al alba y nuestra madre a él le decía: ‘¡Emilio, la comida!”, dice el hijo de los protagonistas de esta anécdota. A Julia también le sigue gustando la noche para hacer cosas y, como su padre, sin salir. La joven Irene alude a la clave de por qué son tan trasnochadores los teatreros: “Cuando haces una función, sales con mucha adrenalina y necesitas varias horas de desconexión para poder dormir”.
Emilio lleva casi treinta años prepa­­rando un libro sobre las mujeres de su familia. Dice que de las cuatro Irenes no todas tenían la misma inclinación por el teatro,“pero la pequeña ha salido como su abuela, con una vocación tremenda, nosotros hemos visto la profesión con más distancia, y la tía Leocadia era pesadísima, siempre quería retirarse”. Julia sale en su defensa: “Le costaba estudiar, trabajó desde jovencita, había pasado calamidades y fue popular, pero fea”, dice de esta mujer que desde 1880 fue tiple de zarzuelas y, una gran característica, retirada en los años treinta.
La cuarta Irene de la familia corrobora su inclinación por su oficio: “La pasión existe desde antes de empezar a trabajar. Aunque comencé haciendo cine, lo que quería hacer de verdad, de verdad, era teatro”, dice esta joven que está protagonizando una de las carreras más fulgurantes de la escena española. A sus 24 años ha trabajado, y con papeles importantes, bajo la dirección de Miguel del Arco, Andrés Lima, Álex Rigola y Mario Gas, entre otros. “El teatro ha cuidado de mí todos estos años y es donde he hecho los mejores personajes, quiero seguir ahí…”.
Su tío abuelo la mira y con tono de advertencia le dice: “El teatro es un amor que te puede traicionar, pero es verdad que es el eje, aunque ahora esté descacharrado con esto de los recortes”. Julia cambia de expresión y con una voz apesadumbrada dice: “Esta subida del IVA del 8% al 21% me ha producido una gran tristeza; el teatro siempre ha sido algo de minorías y no se le puede gravar con algo tan fuerte; es como si se hubieran revuelto mis ancestros, hacer esto a una cosa modesta de la que nadie se enriquece; los que hemos logrado vivir del teatro ha sido dedicando nuestra vida, horarios de trabajo brutales, nuestras no vacaciones; no digo, como Alberto Closas, que no debería tener impuestos, ni que sea más importante que la educación o la investigación, pero los del teatro no estamos enriquecidos después de trabajar sin descanso; todo esto me produce un gran dolor”.
Respecto a este tema que estos días tiene encendida a la profesión, Emilio señala: “El desprecio con el que el Gobierno de mi país trata a una actividad que en el caso de mi familia se inició en 1870 me hace pensar que quiere su desaparición, amparado en esa brutal búsqueda de rentabilidad económica neoliberal que arrambla con todo. Me avergüenzo de esta medida discuti­­ble; estoy de acuerdo con que la cultura también se sacrifique, pero no para quedar maltrecha. Dejar a las nuevas generaciones del teatro una herencia que yo, desde luego, no recibí, no es agradable en este mes de agosto en que celebraré mi 50 cumpleaños como actor. Tampoco olvido que los teatros públicos del Ministerio de Cultura están exentos de este impuesto, que el fútbol solo paga el 10%, lo que hace aún más ofensiva la medida adoptada”, y concluye: “Cultura y educación, para una sociedad cada vez más desorientada, debe ser el gran objetivo de cualquier Gobierno honesto”.
La joven de la familia, que piensa que la cultura forma parte de la identidad de un país, se emocionó con la inauguración de los Juegos Olímpicos al ver cómo Reino Unido apoya y defiende su cultura. “Me cuestiono si en un acto así, aquí recitaríamos a Calderón o a Lope, o pondríamos imágenes de películas de Berlanga. A España no solo se la reconoce fuera por sus deportistas, también por el cine de Buñuel, Almodóvar o Amenábar, la música de Paco de Lucía, las grandes interpretaciones de Bardem o los picassos. En vez de minar el camino y la evolución de nuestra cultura, habría que impulsarla, porque hay mucho talento”, señala esta joven, que dice, dolida, que su tía Julia se mataba a trabajar y su tío Emilio nació en una gira [en Valladolid] porque su madre no podía faltar a la representación. “Son anécdotas que me recuerdan lo dura que puede llegar a ser esta profesión; querría que lo que pasara en mi vida profesional fuera fruto del esfuerzo y el trabajo, escoger personajes de gran riesgo interpretativo, como han hecho las mujeres de mi familia”, dice Irene, quien siempre se ha sentido muy arropada por sus tíos. “Para mí, el día más importante después del estreno es cuando vienen y me dan su opinión”.
Es consciente de que, tal y como pintan las cosas, a lo mejor tiene que hacer lo que su abuela y su tía: compañía propia. Irene Gutiérrez Caba, con su marido, el actor Gregorio Alonso (seudónimo de Gregorio Escolar), con quien tuvo un hijo, José Luis, que se dedica a la producción cinematográfica. Su hermana Julia, con su marido, el actor y productor Manolo Collado, fallecido en 2009.
Emilio piensa que los modelos que él y sus ancestros han tenido ya no sirven: “Antes ibas a una ciudad, te aplaudían y cobrabas al terminar; ahora te dicen: ‘ya le pagaremos”. Además estaba y está el riesgo de un batacazo, algo que Irene aún no ha probado, aunque ella reivindica, casi orgullosa, que ya le ha dado algún que otro meneo la crítica. “Tu abuela”, le dice Emilio, “estuvo a punto de retirarse por una crítica que le hicieron en Barcelona, le afectó mucho, yo nunca he vuelto a saludar a ese tipo, que fue grosero e innecesario”.
Confiesan que las críticas afectan, aunque saben que no tienen tanta importancia. Irene señala que lo importante “es que te llamen”. “Eso, eso”, apunta Emilio, y recuer­­da un dicho muy popular en su profesión que se adjudicaba a algunos directores: “Dios mío, Dios mío, que no me llame, que si me llama le voy a tener que decir sí”.

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