27/12/12

José María Rodero, el actor que llenaba de sangre a sus personajes



Fuente: Julio Bravo (abc.es)
El 9 de abril de 1991 debía celebrarse en el teatro Bellas Artes de Madrid el estreno de la obra Hazme de la noche un cuento, de Jorge Márquez, protagonizada por José María Rodero. En la puerta del teatro, una nota avisaba de que la enfermedad del intérprete obligaba a suspender el estreno; un mes más tarde, el 14 de mayo, moría de una enfermedad pulmonar el que para muchos era el mejor actor español de la época y, como le calificó una televisión alemana en 1980, uno de los cuatro mejores de Europa. "Yo no me creo nada de todo eso –dijo en una ocasión-; yo soy un buen trabajador y el que diga lo contrario lo puedo matar. Pero si me dicen que soy el mejor me tengo que encoger de hombros".
Hoy, 26 de diciembre, José María Rodero habría cumplido noventa años. "Era uno de los grandes", dijo de él José María Pou. Nació en Madrid en 1922; empezó a estudiar en la Escuela Superior de Ingenieros Agrónomos, pero un día, al seguir a una chica (una actriz) de la que se había prendado, entró en un teatro y descubrió el mundo de la interpretación. Era el año 1940; se presentó a unas pruebas en el Teatro Español y entró allí como meritorio. Su primer papel fue en abril de 1940, en España, una grande y libre, un espectáculo dirigido por Felipe Lluch Garín para celebrar el primer aniversario del final de la guerra.
A finales de los cuarenta, José María Rodero formó parte de la compañía del teatro María Guerrero. Allí conoció a la que se convertiría en su mujer, la también actriz Elvira Quintillá, con la que tuvo dos hijos. Y allí empezó a consolidar su fama en obras como Plaza de Oriente, de Joaquín Calvo Sotelo; El landó de seis caballos, de Víctor Ruiz Iriarte; Soledad, de Unamuno; La herida luminosa, de Josep María de Sagarra.

Gran carrera teatral

En 1950 obtuvo su primer gran éxito al encarnar a Ignacio en la obra En la ardiente oscuridad, de Antonio Buero Vallejo. «José María Rodero logró, a nuestro entender –rezaba la crítica de ABC- uno de los mayores triunfos de su juvenil carrera artística, por el estudio y expresión de su papel, cuidado hasta en sus menores detalles». Y es que, aunque él se definía como un «autodidacta del teatro», quienes trabajaron con él destacaban la meticulosidad de su trabajo, su perfeccionisno y su capacidad para estudiar los personajes.
A partir de entonces, José María Rodero desarrolló una carrera teatral llena de éxitos, con decenas de papeles, algunos de ellos muy recordados, como El concierto de San Ovidio, Las meninas y El tragaluz, las tres de Buero Vallejo; El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona; Calígula, de Albert Camus; Enrique IV, de Pirandello; Historia de un caballo, de Tolstoi; y Luces de Bohemia, de Valle-Inclán. Como curiosidad, Rodero interpretó a lo largo de su vida a varios personajes históricos, desde Velázquez a Quevedo, pasando por Napoleón o el Rey Alfonso XII.
No tuvo, sin embargo, igual suerte en el cine, con el que no tuvo una buena relación; rodó muchas películas a las órdenes de directores como Luis García BerlangaJuan Antonio Bardem o José María Forqué, pero no destacó. En 1978 volvió a encarnar a un ciego en su último trabajo cinematográfico, La larga noche de los bastones largos. Sí fueron destacables sus intervenciones televisivas, especialmente en los míticos Estudio 1. El más recordado es Doce hombres sin piedad, de Reginald Rose, bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig; pero también hay que citar Los emigrados, de Slavomir Mrozek, o Muerte de un viajante, de Arthur Miller.
Su último papel, que no llegó a confrontar con el público, fue el de un travestido en Hazme de la noche un cuento. Un día antes del estreno fallido, decía a ABC: "Si me aceptan, por supuesto, podré continuar, pero si me rechazan será el fin de mi carrera. Ese es el riesgo que corro". Y es que esta era su filosofía acerca de su profesión: "Es necesario que los actores nos ganemos, con nuestro comportamiento, con nuestro estudio, con nuestra dedicación, el respeto del público. Y es necesario, asimismo, que el público comprenda el esfuerzo que hacemos los actores. Esfuerzo que por otro lado no tiene más compensación que los aplausos, y eso acaba muy pronto."

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