1/12/12

Rebelde sin pausa



Fuente: José Manuel Gamboa (elpais.com)
Israel Galván de los Reyes (Sevilla, 1973), hijo de los bailaores José Galván y Eugenia de los Reyes, fue un niño que prodigioso bailaba, sí o sí. Desde pequeño hubo de vérselas con la farándula, bien en el escenario bien esperando a que sus padres terminaran la danza de cada noche para volverse acompañado. Como diría Gomaespuma, la verdad es que al chaval no le daban ganas de tener ganas, estaba por otras ilusiones. Pero ya metido en cimbreos flamencos no hay forma de escapar al veneno inoculado. De aquello nos hablaría en su primer vuelo libre, Los zapatos rojos o el bailar sin querer queriendo. Pero regresemos a la ortodoxia de su instrucción antes de desvelar el proceso, nada kafkiano.
El niño se hizo adolescente, entró a formar parte de la escudería Mario Maya, padre del baile masculino actual, siendo primer bailarín en la ceremonia de inauguración del Mundial de Esquí de Sierra Nevada de 1996, cuando, por cierto, se descubrió el esplendor de Estrella Morente. Siguiendo los usos, Galván comparece en los principales certámenes, y obtendrá primeros premios en el Nacional de Córdoba de 1995 y 1996, en La Unión y el Concurso de Jóvenes Intérpretes de la Bienal de Sevilla. Bailó aquí con tal competencia, que no encontró ídem. Se fue más atrás en el tiempo y clavó, por ejemplo, los pasos de Antonio el Bailarín, un referente de Maya. Y aquí comienza a gestarse el nuevo artista, el Israel Galván de todos conocido que revolucionó nuestra escena acudiendo al pasado color sepia. Israel ganó el premio en Sevilla y delegó para la recogida. En ese instante se encontraba indispuesto… Cualquiera en su caso se perdería por una ovación. Galván es de otra pasta.
Estas dos premisas nos anticipan lo que, amén de trabajador inagotable, va a ser Israel: el más moderno siendo en verdad el más antiguo, y el artista imprevisible. Aún no había descubierto las cartas. Su baile, de primera, se mantenía conforme a los cánones. Aquella Bienal de 1996, participó en Por aquí te quiero ver, del inefable bailaor y flamenco poliédrico Manuel Soler, cuya asistencia sería crucial en la vuelta de tuerca que preparaba.
De gira artística con Maya, Galván le vino a confesar a la directora de teatro Pepa Gamboa, superando una timidez casi enfermiza, sus iconoclastas anhelos. Y, ¿para qué queremos más? “¡Vamos!”. Se puso manos a la obra, con la dirección escénica de Gamboa, la artística de Pedro G. Romero, que hasta hoy le acompaña, y la complicidad preceptora de Manuel Soler, quien, representando la sabiduría jonda mostraba un criterio avanzado y coherente, resultó el acicate magistral que necesitaba Israel para resolver. Cuando las dudas acudían, Soler alentaba: “Israel, este es de los pocos espectáculos inteligentes que yo me voy a dar el gusto de hacer, y tú también. No se puede estar con los purismos. Si no hubiera avanzado la ciencia, yo hubiera muerto del corazón hace un montón de años”. En 1998 emergieron Los zapatos rojos, y las representaciones flamencas cambiaron para siempre. Haciendo de lo aprendido tabula rasa —título de su espectáculo de 2006—, construye un propio concepto y lo muestra magníficamente presentado.
Primero lo aplaudió Sevilla y, después, un sector intentó cargárselo, pero ya era tarde porque lo habían descubierto Francia y el mundo. Decimos el mundo y descontamos España, siempre tan singular y perra para consigo. Observen: el mismísimo Georges Didi-Huberman, historiador del arte, filósofo de chipé, tocaor en la intimidad, aplicó su aguda mirada al arte de Galván, conformando el ensayo El bailaor de soledades y curiosamente una editorial madrileña rechazó su pronta traducción por llevar peligroso contenido: flamenco. La sagacidad del filósofo adelanta el futuro. Galván, el bailaor de soledades, pronto estará ante el público danzando Solo (2010), en la única compaña del compás, la armonía y la melodía de su mente.
El hiperactivo-concentrado, nuestro rebelde sin pausa, es rebelde con causa; deconstruye la estructura del baile flamenco para recomponerlo según un propio esquema ad hoc a cada fase creativa. Pepa Gamboa recalca: “Todas las ideas salen de él. Cuando hicimos amistad empezó a preguntarme por el cine, que le gustaba muchísimo. En un año era yo la que le tenía que preguntar. Le fascina Bergman, Pasolini… Lo sabe todo. Recuerdo que me llamó una noche a la una; que si se había comprado esa tarde en el Vips un libro que se baila; que lo había leído cinco veces, y que se baila; que es increíble, genial: que se llama La metamorfosis y es de un tal Kafka, me cuenta. Nosotros llegamos ahí porque nos lo han enseñado, pero él lo descubre. Se me saltaron las lágrimas”. Obra a la vista.
Con la inspiración musical de Ligeti personificó en La metamorfosis (2000) al señor Samsa hasta morir de pie, desvanecerse hubiese sido una vulgaridad. Suma y sigue. Modélico nos resultará aquel inagotable sortilegio de infinitos marcajes, de llamadas sin parangón en ‘La farruca del día 11’, de Galvánicas (2002), con la inconmensurable guitarra de Gerardo Núñez. Refiere Pedro G. Romero: “La pieza sufrió en su discurrir envites como los acontecimientos del 11 de septiembre, la visita de Israel Galván a Nueva York, el significado apocalíptico del suceso…”. Y alcanzaremos a contemplar El final de este estado de cosas (2007), sobre el Apocalipsis, que ha de resultarnos el más elevado, impactante, emocional y soberbio espectáculo flamenco de un bailaor jamás contemplado. Un hito previo estableció Arena (2004), entre el lorquiano Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías y el concepto de Walter Benjamin: “Todo documento de cultura lo es a la vez de barbarie”. Derivaría en la concesión a Galván del Premio Nacional de Danza a la creación 2005.
Enorme repercusión alcanza La edad de oro (2005), donde logra encarnar las falsetas de una guitarra y deja de espontánea propina el trastoque de papeles, con él de cantaor, el llorado Fernando Terremoto al toque y Alfredo Lagos bailando por Galván. Su versión deportiva aparece en el ciclo La lucha libre vuelve al Price (2010), cuando, teniendo por árbitro al ingenioso hidalgo José Luis Ortiz Nuevo, lumbrera de nuestra cultura, junto a la sorprendente guitarra de Emilio Caracafé, pura fibra, regaló un memorable combate de boxeo flamenco. Por una chispa se le escapó de púgil contrincante Enrique Morente, que se mostró dispuesto a entrenar; pero el hombre dispone… Ese año 2010 revivió a Vicente Escudero en una excepcional y única representación de ¿La guerra ha terminado?, en el Museo Reina Sofíadonde intervinieron además Rocío Molina, Proyecto Lorca, David y Alfredo Lagos, amén de la joven hermana, Pastora Galván, para quien, con G. Romero, había elaborado La francesa (2006), que constituiría otra revelación, colocando a Pastora entre lo más sugestivo del escalafón. En 2011 fue el agárrense que viene La Curva, con un piano soberbio —Sylvie Courvoisier—, una voz atonal —Inés Bacán—, el apoyo acompasado de Bobote, y Vicente Escudero en el sentido. Queda mucho y va faltando espacio.
La heterodoxia de Galván radica en la decantación de los rasgos más arcaicos, perdidos, del baile flamenco, por lo que no cabe ser más puro, si cabe el término. Sí es, desde luego, vanguardia absoluta. Su particular forma de actuar nada tiene de pose; funciona a golpe de genio, y como estos le vienen de seguido, nada de lo hecho hace un minuto puede que le valga ahora. Y hete aquí, tras el bloqueo, reiniciando el equipo, el equipo completo. Los genios son así. Sabe rodearse, pero la obra de Israel Galván lleva firma legible; rara avis este flamenco que actúa motu proprio.
El influjo mal digerido de Galván ha conseguido hacer normal lo que disparate es. Los espectadores asienten, dando por comprendido lo incomprensible o insensato, confundiendo churros con marinos (sic); lo que se cree galvánico se ha convertido en el mainstream. Por contra, la obra de Galván tiene pies —magníficos—, cabeza —bien amueblada— y sentimientos profundos que expresar; Israel Galván tiene sentido, pleno sentido flamenco.
Vicente Escudero, celebrado en el planeta como el mejor de los bailarines, en España se ninguneó con la indolencia esperada. A su epígono inesperado al menos le abren nuestro Real, a Lo Real galvánico.

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