20/1/13

Cayetana Guillén Cuervo cumple un último sueño de su padre



Fuente: Elsa Fernández-Santos (elpais.com)
En 1969, Fernando Guillén y Gemma Cuervo eran dos jóvenes actores con su propia compañía de teatro, dos hijos pequeños correteando entre ensayos y bambalinas, un tercero en camino y un sueño: contribuir a la divulgación de ­autores fundamentales cuya voz seguía sujeta a los vaivenes de la mordaza franquista. El 19 de septiembre de aquel año se estrenaba en el teatro Poliorama de Barcelona El malentendido, de Albert Camus, obra en tres actos sobre el fatal engaño del hijo pródigo de la dueña de un mísero hostal. Veinte años después de abandonar a su madre y a su hermana Marta, Jan regresa, rico, dispuesto a rescatarlas, aunque oculto tras una falsa identidad, para acabar provocando su propia muerte. Ellas, convertidas en pobres asesinas en un mundo de pobres supervivientes, y él, víctima de un absurdo silencio, de un trágico error, de un bobo equívoco. Inspirada en un suceso real, la obra se había estrenado en 1944 en París y llegaba a España gracias al empeño de un grupo de nuevos actores forjados en el mítico Teatro Español Universitario (TEU).
Sin duda, eran tiempos duros, pero los sueños se cumplían, o quizá sea más correcto decir que sí, eran tiempos duros, pero gracias a una generación de jóvenes que creían en lo que hacían, los sueños no dejaron de cumplirse. Adolfo Marsillach dirigía la versión de José Escue Porta; Fernando Guillén, Gemma Cuervo y María Luisa Ponte encabezaban el reparto, y antes de la representación, grabada en cinta magnetofónica, la voz de Agustín González leía reflexiones que introducían al virgen público español en la figura del malogrado autor deLa peste, fallecido casi diez años antes en un accidente de coche que privó a Europa de su intelectual más luminoso y moral.
La última cita pertenecía a William Faulkner y hablaba de aquel sol, aquella luz que tanto necesitaba Camus, y también de la muerte, de la fatalidad de todo artista, de su infructuosa búsqueda de una respuesta que jamás encontrará. Cuando a Camus le concedieron el Nobel, el autor de Mientras agonizo le dirigió un telegrama que decía: “Saludo al alma que constantemente se busca y se interroga”.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel estreno, pero cuando hace tres años Fernando Guillén empezó la batalla contra una larga enfermedad, probablemente también se hizo algunas de esas preguntas sin respuesta. Fue entonces cuando El malentendido regresó del pasado. “Le dije: ‘Papá ¿qué te gustaría que te dedicara? ¿Qué homenaje puedo hacerte?’. Y él me dijo: ‘Revisa El malentendido”. Cayetana Guillén Cuervo quería hacer algo por su padre, y Camus, de cuyo nacimiento se conmemora este año el centenario (vino al mundo el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, Argelia), se interpuso en el camino entre padre e hija, entre pasado y presente, entre actor y público. Y así llegamos a otro estreno, el próximo 29 de enero, de un nuevo Malentendido en la sala Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional, en Madrid. Guillén Cuervo, Julieta Serrano, Ernesto Arias y Lara Grubeen el reparto, adaptación de Yolanda Pallín y dirección de Eduardo Vasco. No es solo una nueva versión de la obra, es el reconocimiento a esa pléyade de hombres y mujeres que entre los años sesenta y setenta buscaron la luz del teatro moderno en un país condenado al polvo del teatro muerto. Una señal que llega del pasado para recordarnos que hizo falta un esfuerzo colectivo, una fe conjunta, para salir del túnel.
En 1970, desde las páginas de la mítica revista Primer Acto, escribía Marsillach: “Gemma Cuervo y Fernando Guillén emprenden, por su cuenta y riesgo, una nueva aventura teatral. Démosles las gracias. Han elegido lo más difícil cuando todo les impulsaba a lo fácil. Son jóvenes, creen en un teatro que no se propone solo ganancias económicas, están llenos de ilusiones… y asustados. Me gusta. Merecen algo más que el éxito. Aspiran a su confianza. Estoy convencido de que ustedes se la darán”.
“Para mis padres aquello fue importante, y por eso yo me puse a ello”, explica Cayetana Guillén Cuervo. “Era difícil conseguir los derechos, pero después de muchas idas y venidas en la negociación lo logramos. Mi padre me insistió: ‘Revisa la obra, hoy es oportuna. Hay que recuperar su valor crítico en un momento tan confuso’. Para hombres como mi padre, estamos en un momento muy triste y decepcionante. Después de tanta lucha, ¿esto?”.
Gemma Cuervo estaba embarazada de su hija pequeña cuando empezaron los ensayos de la obra: “Tengo unos recuerdos extraordinarios. Era el primer Camus que se estrenaba en plena dictadura. En Valencia, necesitamos sillas supletorias, y las colas daban varias vueltas al teatro. Fue todo un acontecimiento. El teatro que se hacía entonces era de comedia, muy sencillo, y hacer esta obra era un riesgo, un reto y una aventura que salía de nuestra limitada economía familiar”. Aquel bebé que nació pocos meses antes del estreno de El malentendido recibió 2013 corriendo entre los ensayos y el hospital donde ingresaron a su padre, obstinada en esa carrera a contracorriente que pretende ganarle tiempo al maldito tiempo. “Mi madre dice que la mediocridad se contagia, y es verdad. Mi padre siempre ha sido una persona muy serena. Exigente, pero con elegancia. Con él me pasa algo que sé que no me pasará con nadie más: saber que soy suficiente para hacer feliz a alguien. Yo nunca he sentido ninguna losa con él. No me juzga. No me aplasta. Al contrario. Me querrán de otra manera, pero así nunca. Poco a poco, se nos va toda una generación de actores que fue importante, muy importante. Por lo que hacían y por cómo lo hacían. Y me temo que nosotros ni somos tan importantes ni tan completos. Mi padre es un hombre capaz de ser feliz con una mañana de sol y un libro en las manos. Un caballero, siempre un señor. Con sus ojos verdes, y esa voz. ¿Qué más se puede pedir? Sinceramente, al menos como hija, nada más”.
Su hermano, el también actor Fernando Guillén Cuervo (solo la mayor, Natalia, se apartó de la vocación familiar para ser abogada), recuerda cómo pasó su infancia entre cajas, repitiendo por los pasillos de su casa los textos que escuchaba a los mayores. “En mi casa, El malentendidose vivió como algo grande. La conciencia de mis padres era artística, pero también era política y social. Subir a Camus a escena, como a otros, era consecuencia de un instinto muy activo, puro y muy necesario. Y para nosotros, como niños, todo ese entusiasmo era fascinante”. Ese entusiasmo no se diluyó con los años, y el actor evoca las 10 veces seguidas que acudió a ver a su padre interpretar Equus,uno de sus grandes éxitos. “Me conmovía. Es raro, pero es algo que nunca ha dejado de pasarme, el timbre de voz de mis padres sobre el escenario me transporta directo a la infancia. Vuelvo a tener seis años y sigo escondido entre cajas”.
Entre cajas o entre el público, los hijos escucharon ese timbre de voz alzarse hasta Los secuestrados de Altona, de Jean Paul Sartre; en Todo en el jardín, de Edward Albee, o en su despedida, en 2007, a los 75 años, con El vals del adiós, texto inspirado en la carta que el poeta francés Louis Aragon escribió en 1972 para cerrar su etapa en la revista Lettres Françaises, distanciado del Partido Comunista, acorralado por la soledad después de la muerte de su compañera, la escritora rusa Elsa Triolet, y profundamente sumido en la angustia de comprobar que el mundo era un lugar cada vez más frustrante. En aquella ocasión, Guillén apuntó cierto paralelismo entre la desazón del poeta y la suya propia.
Pero ante el hastío y desencanto de una generación cuyo fuego se extingue nace el deber de otra que no puede permitirse la indiferencia. “Este homenaje nace de un alma exquisita”, dice Gemma Cuervo con orgullo, “porque nosotros recordamos con amor infinito a estos personajes de Camus, lo que fueron para nosotros, a Marta y su necesidad de ver el mar”. Cuando en 1959 el escritor recogió el Premio Nobel, apuntó en su discurso una idea que hoy multiplica su fuerza, demasiado próxima y certera para no pensar que aquel tiempo también es el de ahora mismo: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.

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