31/1/13

El adiós escénico de Trisha Brown



Fuente: Roger Salas (elpais.com)
La gran dama de la danza posmoderna se retira; lo anunció de manera discreta el pasado mes de diciembre y estas actuaciones en enero en la Brooklyn Academy of Music serían las últimas; con 76 años, hará dos danzas nuevas por última vez a la vez que se exhibirán algunos otros números de su catálogo. Lo mires por donde lo mires, el anuncio de Trisha Brown (Aberdeen, Washington, 1936) no es una buena noticia, y al hilo surgen muchas preguntas. ¿Un discurso que se agota? ¿Un tiempo (artístico) que termina? ¿Efectos del drama global? El título del artículo de anteayer de Alistair Macaulay en The New York Times, en su poética síntesis, abre la espita de la reflexión y de la especulación: “Danza pura, puro final”. Macaulay se pregunta cómo debemos reaccionar las personas ligadas al mundo de la danza ante un anuncio similar al que ha hecho Philip Roth en la literatura. Hace menos de un año, el panorama de la gran danza moderna recibió la otra fatal noticia del cierre de la compañía de Merce Cunningham, pero es que Trisha está muy viva. El peso de la edad, aunque se piense en ello, no es una total justificación. Es verdad que surgen nuevos creadores, algunos ya encumbrados, y que han crecido a la sombra e influencia de personalidades como Brown y Cunnigham. Pero algo pasa. No son noticias que se acepten cómodamente, y es que, probablemente la intuición artística habla de un cambio severo, de una transformación radical del género.
Entre los años sesenta y setenta del siglo XX Trisha Brown sentó las bases de un vocabulario rupturista a ultranza, inconforme y remodelador. El posmodernismo la abrazó como su líder en materia de danza y por algo es ella, de una serie de nombres más, la que ha quedado en cabeza. Sus obras siguen viéndose con gran interés y en los ballets de la Ópera de París o de la Ópera de Lyon (entre otras grandes sedes de danza) de vez en cuando, se ponen en cartel títulos suyos. No es exagerado decir que el valor real de su obra trasciende los géneros. Es un tipo de laurel reservado no sólo a los grandes, sino también a quienes dejan un sello distintivo en la evolución del arte; Trisha tiene esa especificidad. Desde hace más de 50 años baila, pero desde hace 30 es imprescindible para el género.
Coreógrafos actuales como David Gordon, Mark Morris y Stephen Petronio citan con orgullo su influencia entre maternal y estilística. Se trata de unas variaciones que van más allá del lenguaje y pasan a la poética esencial, pues Trisha ha sido además, una encendida defensora del análisis coréutico y de la fluidez de presentación, dos factores capaces de afectar la estructura coreográfica, de dotarla y de elevarla. Es estos juegos de laboratorio vital entra la tecnología, a la que siempre ha estado muy abierta Brown, desde el sonido (las músicas posibles) a los registros (cinematográfico o videográfico). Y ha estado cerca de los grandes de diversas tendencias, con todos establecía una comunicación aparentemente fácil, pero que sobre todo es honesta y decidida: pintores como Robert Rauschenberg; performer de la música como Laurie Anderson; estrellas del ballet como Mikhail Baryshnikov.
Trisha contó en una entrevista como llegó a Nueva York en 1961 con las ideas no muy claras. La ciudad se lo dio todo después, ese caldo de cultivo algo turbio pero siempre prometedor. Menos de 10 años después, ya fundó la compañía que hemos conocido hasta hoy. Un crisol de experimentaciones diversas y a veces, endiabladamente contradictorias.
Su persona siempre habla de esa fluidez, no había más que verla en escena con su tropa, a la par y en una distinción que apenas era la de su canosa melena beethooveniana agitándose en esa gestualidad particular que sin huir del naturalismo es sofisticada a su manera. Una manera personal de ser siempre una líder de la abstracción.

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