13/1/13

'El crítico': Ícaro se acerca al sol



Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Juanjo Puigcorbé y Pere Ponce, dirigidos por Juan José Afonso, son los protagonistas de El crítico (Si supiera cantar me salvaría), la nueva obra de Juan Mayorga, uno de los voces más relevantes de nuestro teatro, y que está dedicada al crítico Ricardo Doménech. En ella, un autor teatral de éxito (Scarpa) acude a casa de un importante crítico teatral (Volodia) la noche del estreno de su obra. Con los dos actores (Juanjo Puigcorbé vuelve al teatro después de 19 años de ausencia) y el autor conversó ABC.
¿Cómo surgió la obra?
Juan Mayorga.- Nació de una imagen, no recuerdo de dónde vino: la imagen era la de un autor teatral que visita al crítico la noche del estreno. En mi primer intento, el autor iba al bar en el que era conocido que escribía sus críticas después de los estrenos. Pero en un cierto momento tomé la decisión de que fuera a su casa, porque es mucho más violento invadir el espacio privado del crítico, que para el autor es un espacio soñado, un lugar donde no ha podido entrar hasta esa noche. Es más sugestivo y provocador.
¿Creen que hoy en día la crítica (no solo la teatral) tiene la trascendencia que tenía antes?
Pere Ponce.- Yo creo que sí, incluso cada vez más. En internet todo el mundo ya es crítico, y uno se fía mucho de esas opiniones. Por supuesto que los críticos profesionales siguen teniendo un peso muy especial. Cada vez hay más necesidad de guía, de que alguien alumbre. Y sigue teniendo un papel muy importante. A mí, personalmente, me sirve de estímulo. Yo suelo leer las críticas con fruición. A veces dan ganas de hablar con el crítico, porque se queda todo acotado a dos o tres frases peladas o ambiguas. Lo echo de menos en el proceso de creación. Me gustaría que estuviera en los ensayos.
Juanjo Puigcorbé.- Efectivamente, la crítica se ha popularizado. Pero es más necesaria que nunca, porque hay más oferta que nunca y se necesita una guía para escoger, que pueden ser tus compañeros, el boca a boca o un especialista que, se supone, tiene pasión hacia lo que escribe, y es interesante escucharle. Yo me precio de tener amigos críticos, tengo buena relación con ellos y quiero leer las críticas. Nacieron cuando apareció el arte burgués, cuando la aristocracia dejó de pagar el arte, y alguien lo tenía que comprar; y la crítica tiene ese sentido de «defensora del comprador». Esto como oficio. Pero hay algo que está en la obra y en todos nosotros, y es que el crítico es la otra cara de la moneda del artista. Nosotros somos más espectadores que actores. vemos más películas y funciones que las que hacemos, y somos por tanto más críticos que artistas. Y en cuanto tú estás haciendo una labor artística, tienes ese Pepito Grillo que está al lado tuyo y que es el conocimiento, que puede ayudar o impedir las cosas. En la función se desdobla ese personaje en dos, y hay entre ellos un combate dialéctico, que son las dos caras de la misma moneda.
Juan Mayorga.- Claro que estamos en una nueva situación, en la medida en que antes los críticos más relevantes estaban respaldados por un medio, y eso es lo que les daba vigor y presencia en la sociedad. Hoy sucede que a través de las nuevas tecnologías, cualquiera puede constituirse en crítico, y eso es sumamente interesante, porque un crítico construye su firma más que nunca, y alguien sin el respaldo de un medio puede, a través de sus comentario y sus apuestas, convertirse en una guía. Y eso hace que en esta selva podamos encontrarnos críticos más independientes y capaces de decir la verdad. Hay mucho ruido alrededor y en nosotros mismos, y necesitamos estas gentes que en la vida y en las artes nos digan su verdad, y que está se asiente en la razón y el conocimiento. Es muy bonita esa expresión de «defensor del espectador», defensor moral, que le diga que algo es gato y no liebre o que es relevante. El crítico debe de ser alguien conocedor del arte al que se enfrenta y al mismo tiempo con una gran sensibilidad hacia su tiempo. Lo necesito como autor y como creador. Volodia es en este sentido el crítico deseado, aquel en quien podemos confiar. No hay arte fuerte sin una crítica fuerte. Yo siempre digo que el texto sabe cosas que el autor desconoce, y cada espectador, después del director y los actores, es el que finalmente encuentra sentidos y descubre cosas que el autor no sabía que estaban escritas. Y el crítico, de algún modo, es el espectador ideal. Y eso está en la obra. A mi juicio, el crítico es un artista, o debería serlo. La mejor crítica sería la que generase una conversación.
¿Piensan que esta democratizaciónde la crítica es positiva o, al contrario, puede banalizar o rebajar el nivel?
Juanjo Puigcorbé.- Hay varias opciones. El que consume, necesita unas recomendaciones. Las estrellitas son recomendaciones. La crítica es otra cosa, es algo más serio. En la función, hay una vinculación, como de otra manera la hay en «El chico de la última fila», otra obra de Mayorga. Hay un conflicto dramático, una relación entre este artista que va más allá: hay una tutela, una posición de maestro-alumno, la crítica como corrección, como medio de aprendizaje. Estamos en otra dinámica. No hablamos del crítico del periódico que escribe para el espectador. Aquí, el autor quiere algo más del crítico. Se establece un diálogo entre los dos, sordo durante muchoi tiempo, y después activo. Pero volviendo a la pregunta, la democratización nunca es mala.
Pere Ponce.- La actitud del autor en la función hacia el crítico es muy clara: quiere su aprobación, su mirada, que refleje y de vida a lo que el autor ha escrito. Pero a su vez el crítico tiene un papel determinante, porque espera algo más del autor... Hay una reflexión: ¿Qué tipo de arte queremos? Estamos hablando de un autor de éxito, que tiene el favor del público, que lo respeta y lo valora. Pero ¿Se puede hacer algo más? A veces, es fácil complacer al público. ¿Qué papel tiene el arte? ¿Es un camino de excelencia, de investigación? ¿Tiene un valor en sí mismo, por encima de la personalidad del autor y de los condicionantes del éxito o el fracaso? El crítico tiene un papel de maestro, de persona que dirige o que le gustaría encauzar al autor. Y ahí está esa labor de abonar, de hacer crecer...
Juanjo Puigcorbé.- ...Y de apostar. El crítico apuesta por un autor.
Juan Mayorga.- Creo que tiene razón Juanjo cuando vincula esta función con El chico de la última fila. Se podría hacer una especulacion con que los personajes de aquella obra, Germán y Claudio, se encontraran veinte años después. Aquí lo singular es que Volodia y Scarpa no se han encontrado nunca antes. Es un encuentro deseado y al tiempo temido, porque saben que no habrá un segundo encuentro, porque cualquiera de los dos resultará dañado, pase lo que pase. Es muy interesante lo que comenta Pere sobre la exigencia. Hay algo propio del crítico (además de alentar las vocaciones siendo capaz de medir sus palabras cuando un juicio podría frustrar una vocación, y en este sentido yo me siento muy agradecido a aquellos críticos que no me machacaron en mi primer montaje y supieron cuidarme): y es la exigencia, palabra que ha utilizado Pere. No te conformes. No llegues más allá de donde puedas, pero ni un milímetro menos. En el arte y en la vida. No te conformes con una vida pequeña porque esa vida sea aplaudida y rodeada de halagos. Un halago impropio puede ser mucho más devastador que una crítica dura. La obra habla de la exigencia en el arte y en la vida. Hay que vivir más, a la altura de nuestra capacidad. En el encuentro entre Volodia y Scarpa se habla naturalmente de teatro (porque para ellos el teatro es el arte que más se parece a la vida), pero también hablan de mujeres, de amistad, de valores, del éxito y del fracaso. Y no simplemente conversan, sino que cada palabra, y eso es mérito del director y los actores, es una navaja. No es una conversación entre dos personas cultas, sino un combate, y cada frase tiene una intención de intervenir sobre el otro, de moldear al otro.
¿Y sabemos admitir las críticas? ¿Lo hacemos en el arte más que en la vida, o viceversa?
Pere Ponce.- Eso es muy personal. Yo acepto muy bien las de mi madre. La crítica, la de verdad, se basa también en la confianza, en quien te la haga. En los estrenos de teatro siempre hay gente que te felicita, te halaga, pero luego siempre hay un par de personas que sabes que te van a decir la verdad, en las que confías; y son de gran utilidad, es una herramienta que te sirve para mejorar, para ver sin el cartón piedra que a veces se produce en las relaciones sociales e impiden que haya sinceridad. Yo tengo pocos críticos en mi vida reconocidos, a los que les he puesto la etiqueta de aceptados y homologados.
Juanjo Puigcorbé.- En general se acepta más la crítica del arte que de la vida. Si se aceptara en esta última, todos seríamos ejemplares. Es evidente que en la vida no se aceptan tanto. Y en el arte sí, porque al ser una disciplina que está en otra casilla, ahí es probable que se acepte un poco más.
Juan Mayorga.- Pero por otro lado, qué hermoso y extraordinario gesto de amistad es la crítica. Cuando alguien, desde el amor, te hace una advertencia sobre una decisión o una relación. ¡Qué difícil y qué valeroso! El gesto crítico es el gesto de amor por excelencia.
Juanjo Puigcorbé- Aparte de Sócrates, pocos hay en la Historia tan abiertos...
Juan Mayorga.- Claro... Está muy bien traído a colación por distintas razones. Una porque, de algún modo, inaugura un tiempo que es en el que desarrollamos la función y en el que vivimos: en un mundo sin un dios que te diga la verdad, ésta no puede estar sino en la conversación pública, No se puede hallar sino de forma confusa y atolondrada en otro lugar que en la conversación pública. Sócrates sale a la calle y pregunta al primero que pasa qué es la belleza, la justicia, el amor, la amistad. Y el otro le da, con enorme confianza, le da una definición, que el propio Sócrates no acepta. Y los diálogos socráticos acaban en cierta impotencia, pero en cierta corrección. Sabemos ya lo que no es la belleza. Hallaremos la verdad en el examen colectivo de las palabras que usamos, en el examen de ese lenguaje falaz, fallido, que manejamos. Y eso tiene que ver con la historia de las artes y con nuestra función. Por otro lado, el propio arte tiene esa función crítica. Nos cuesta aceptar la crítica del amigo o del hermano pero, a mí me sucede, nos reconocemos en personajes teatrales, cinematográficos o novelescos. Y me sirven para pensar: no debo hacer esto. El arte tiene esa capacidad de ser Pepito Grillo, y de hablarnos al oído sin que los demás se enteren. Hay algo muy importante en la función: Volodia es un crítico en el sentido radical. Tiene un instinto crítico, y eso a su vez le convierte en un personaje trágico o que podría bordear lo trágico. Después de escribir la obra he pensado en El misántropo, de Molière, alguien cuya exigencia hacia la vida y hacia el arte, e incluso hacia sí mismo, le convierte en alguien con quien es muy difícil convivir. Y yo creo que muchos espectadores se van a interesar por eso; van a sentir a Volodia dentro de sí o cerca de ellos. ¿Cuántos espectadores no tendrán a un Volodia que les lleva a exigir que vivan conforme a un ideal que convierte su vida en permanentemente tensa o insoportable. Y frente a eso, Scarpa es de algún modo un negociador. Por un lado es vulnerable al soborno del mundo, pero por otro lado tiene una vinculación más humana con los demás, es más fácil pasear y convivir con él porque puede aceptar más el error ajeno porque acepta también los suyos.
Juanjo Puigcorbé.- Pero quiere el reconocimiento... Y por eso se acerca al misántropo para que también le reconozca. Porque el público ya le reconoce. Y ahí es donde se convierte en Ícaro que se acerca al sol... Aunque sabe que se puede quemar.
Juan Mayorga.- Esa es una imagen muy potente. De algún modo, estamos ante un juicio final. Hay quien dice que ese será el momento en que podamos ver el rostro de Dios. Y lo más parecido a Dios que ha encontrado Scarpa es Volodia, y por fin se le abre el castillo kafkiano y entra. Es el sol, y como Ícaro se puede quemar.
Juanjo Puigcorbé.- Pero él lleva algo en las alforjas...
Pere Ponce.- Es una vinculación sobre todo de amor. Esta es una historia de amor. Hasta qué punto es posible convivir con los demás, con todas sus exigencias, sus diferencias, hasta qué punto nuestra construcción de nuestra individualidad nos lleva a no poder compartir o no poder relacionarnos. Estos son tiempos de compartir, tiempos en que las dificultades que ha generado este palacio de la individualidad nos lleva a tener que compartir muchas cosas. Y hay ahora un ejercicio de tolerancia y de empatía; de ver realmente al otro, con su realidad. Esa historia de amor que hay entre los dos creo que es lo que trasciende el mundo teatral, lo que hace que vaya más allá del teatro sobre el teatro. Tiene una dimensión como la relación padre-hijo, o incluso de pareja. Una relación en que uno pide la aprobación del otro.
Juanjo Puigcorbé.- ¿Amor o pasión? Yo no lo tengo claro.
Pere Ponce.- Van unidos.
Juanjo Puigcorbé.- Amor pasional. En todo caso, una tragedia amorosa.
Juan Mayorga.- Cada uno, y no estamos hablando de homosexualidad, es la pareja del otro. Y de algún modo esta es una luna de miel, con toda su turbulencia. Los dos personajes, que han pensado en el otro cada día de su vida, solo se encuentran esta noche. Y es un encuentro enormemente deseado, y cada momento es saboreado y puede estar lleno de veneno. Tiene todos los elementos de una relación pasional.

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