22/2/13

¿Un nuevo golpe?



Fuente: Rocío García (elpais.com)
¿Quiere usted revivir en directo el golpe de Estado del 23-F? ¿Conocer algunas de las situaciones que tuvieron lugar en el Congreso de los Diputados aquel lunes de febrero de 1981? ¿Quién estaría hoy detrás de aquella autoridad, militar, por supuesto? ¿Sería un general o, más bien, un poder financiero que habla en idiomas diferentes? ¿Cómo sería hoy ese golpe 32 años después?
Juan Ayala y Miguel Oyarzum se han puesto a la tarea de reflexionar sobre aquellos años y relacionar lo acontecido durante la preparación y el intento de golpe de Estado de 1981 con la situación política y económica actual. Y lo han hecho con una obra de teatro radical y libre que se incluye en el Festival Escena Contemporánea de Madrid. ¡Quieto todo el mundo! toma el título de aquella famosa, patética y lamentable frase del teniente coronel Tejero con la que se inició el asalto al Congreso de los Diputados en plena votación del nuevo presidente del Gobierno, tras la dimisión de Adolfo Suárez. La obra se representará en cuatro sesiones los días 23 y 24 de febrero en el plató de la Cineteca del Matadero de Madrid, pero será solo el principio, o eso esperan los autores de la obra, una producción de Mirage Teatro. Su intención es la de buscar un hueco más estable en la temporada teatral.
De momento, el plató de la Cineteca de Madrid, un cuadrado grande, cerrado y oscuro, alberga estos días intensos ensayos. Cinco actores —Daniel Gallardo, Quique Fernández, Isabel Sánchez, Lola Manzano y el propio Miguel Oyarzun—, bajo la dirección de Juan Ayala, desentrañan las vicisitudes, los miedos, fallos y ambiciones que se vivieron en aquellas horas trasladadas a la actualidad.
El público, que hará las veces de los diputados sentados en el hemiciclo, son recibidos por un servicio de guardarropía en el mismo hall del plató. Todos deben despojarse de abrigos y chaquetas. Dentro, con una capacidad para 100 personas, les esperan filas de butacas de diferentes colores, a modo de división por grupos políticos o ideologías. Las luces se apagan y del fondo surge un hombre, pistola en mano, que cubre su rostro con una cabeza de caballo blanco de máscara. Se dirige a la butaca roja y allí dispara impunemente a un presunto presidente del Gobierno, no sin antes obligarle a leer un texto en el que se compromete a tomar las medidas necesarias para el futuro del país. A partir de ese momento, se suceden 80 minutos de nervios, miedos, discusiones y tragedias en ese lugar cerrado a cal y canto. Los cinco personajes que contribuyen al asalto del lugar, con diferentes posturas políticas y vitales, se enfrentan al reto de colaborar para realizar un cambio de sistema.
En ese agobiante espacio, en el que irán moviendo de un lado a otro al público asistente, cacheándolos incluso, solo un teléfono, con un largo cable rojo, les mantiene en contacto con el exterior. Un teléfono desde el que irán recibiendo órdenes en francés, inglés o alemán. Mientras, los asaltantes se enfrentan con los hipotéticos diputados y les echan en cara no haber hecho bien su trabajo, el funcionamiento inoperante de la Cámara, en la que ya no existe ni la especialidad de cultura, ni la de educación ni la sanitaria.
Ayala tenía apenas tres años cuando el teniente coronel Tejero asaltó el Congreso. Oyarzum ni había nacido. No vivieron tampoco la Transición, nacida no de la ruptura con el régimen franquista, recuerdan los autores, sino a través de la reforma de la legalidad vigente entonces. Fue a raíz de los inicios del estallido del Movimiento 15-M cuando este grupo teatral decidió emprender un montaje que analizara las razones de la movilización y la desmovilización ciudadana.
“Nuestra impresión es que una de las consecuencias del proceso de Transición que culminó con el intento de golpe de Estado del 81 fue la desmovilización de la sociedad, por miedo a la fragilidad de esa entonces joven democracia. Creemos que, en la actualidad, el momento de movilización es similar, pero todos los movimientos ciudadanos que se han puesto en marcha están siendo silenciados o reconducidos, o sea, desmovilizados”, apuntan los autores de la obra, que no han pretendido realizar una reproducción histórica, sino que han utilizado el secuestro del público como metáfora de aquella Transición y del Estado actual. “La situación que mostramos es real más que pesimista, mostramos momentos de ilusión y de posibilidad de cambios, tal y como estamos viviendo en la actualidad”, añade Oyarzum. “Es algo así como una elipsis de lo que pasó en el 81 y también un futurible”.
El estreno de ¡Quieto todo el mundo! coincidirá, para regocijo del grupo,con la movilización convocada para el mismo día 23 por la tarde. “La calle siempre va por delante”.

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