20/7/13

HATE RADIO


AUTORIA y PUESTA EN ESCENA: MILO RAU
DRAMATURGIA y GETSIÓN CONCEPTUAL: JENS DIETRICH
INTÉRPRETES: AFAZALI DEWAELE, SÉBASTIEN FOUCAULT, ESTELLE MARION, NANCY NKUSI i DIOGÈNE NTARINDWA (ATOME)
DURACIÓN: 110min
PRODUCCIÓN: IIOM BERLIN/ZÜRICH CON MIGROS-KULTURPROZENT SCHWEIZ, KUNSTHAUS BREGENZ, HEBBEL AM UFER (HAU) BERLIN, SCHLACHTHAUS THEATER BERN, BEURSSCHOUWBURG BRÜSSEL, MIGROS MUSEUM ZÜRICH, KASERNE BASEL, SÜDPOL LUZERN, KIGALI GENOCIDE MEMORIAL CENTER y ISHYO ARTS CENTER KIGALI
TEATRE LLIURE (MONTJUÏC, GREC 2013)

Sabía que no iba a ser una experiencia teatral normal. Y, cuando eres consciente de eso, ya vas preparada de otra manera para que en el segundo que te sientas en tu butaca puede pasar de todo. El tema era escabroso, duro, de esos que te tocan hasta lo más profundo y que aún hoy sigo sin comprender cómo los seres humanos se convierten en demonios bajo unas batutas determinadas. 

Hate Radio está concebida como si fuera un documental. Público a dos bandas de la enorme pecera de cristal que ocupa el escenario. Cuando entras te dan una radio y unos cascos que serán con los que escuches toda la función. La experiencia ya de por sí pinta aterradora pero una vez que te pones los cascos y la voz empieza a entrar en tu cabeza como si fuera una ametralladora de palabras, soy incapaz de describir pensamientos y sentimientos que en ese momento tuve.

Los primeros veinte minutos permiten poner al espectador en el contexto de la obra. Ruanda 1994, el avión del presidente ha sido derribado y la etnia mayoritaria del país, los hutus (90% de la población) culpan del atentado a los tutsis (10% restante). Comienza la gran masacre, que a los occidentales nos llega a base de píldoras por la televisión, pero que en 100 días mató a más de un millón de personas. Genocidio. Asesinatos y exterminios de las maneras más crueles y cruentas que os podáis imaginar. Todo ello narrado, directo, real y de una manera totalmente verídica que llega al espectador atónito, que hasta incluso cuesta seguir respirando.

La veracidad no sólo se encuentra en los hechos, 100% reales, sino en las interpretaciones de los actores, todos ellos de alguna manera relacionados con el conflicto real, víctimas, que para la ocasión han de vestirse de verdugos y ponerse en la piel del contrario. Brillantes, totalmente creíbles, con una naturalidad que aún hoy me estremece y que te obliga a no dejar de mirar ni de escuchar en ningún momento las consignas que van soltando, y que una detrás de otra te parecen tan irreales, tan sumamente imposibles de aceptar.

Nunca había abandonado una platea tan tocada, petrificada durante buena parte de la noche. Es de aquellas obras que entre que "cae el telón" y que comienzan los aplausos necesitarías una vida para poder aplaudir, y no porque los intérpretes no se lo merezcan, sino porque la brutalidad de la escena ha sido tan fuerte que me he quedado pegada a la butaca, sin poder moverme, totalmente sin palabras.

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