10/4/14

Eduardo Velasco: “¿Si el público puede ofenderse? Para mí puede ser una ofensa la Semana Santa”

Fuente: Clara Morales (elpais.com)
Eduardo Velasco (Santa Coloma de Gramenet, 1968) ha pasado de ser padre de la política española a hijo de Dios. El actor acaba de abandonar su personaje de Santiago Carrillo en El encuentro, que ha representado durante seis semanas en el Teatro Español una larga conversación nocturna entre el líder comunista y Adolfo Suárez. El próximo 11 de abril estrena en Madrid El profeta loco,donde encarna a un Cristo que baja de la cruz para pedir cuentas a la Iglesia por sus tropelías, y a su padre por no impedirlas. Una inmersión, involuntaria o no, en la provocación que el actor explica con una palabra: compromiso. 
Santiago Carrillo y Jesucristo, dos figuras históricas que deben pesar para el actor.
Mucho. Te pone en el punto de mira: “¿Cómo has tenido la poca vergüenza de hacer eso?”. Con El encuentro estaba más tranquilo, con El profeta loco tuve que implicarme mucho con el dramaturgo [Paco Bernal], tanto que al final hemos firmado juntos la autoría del texto. Porque interpretando a Jesucristo no puedes perder el norte: yo salgo del espectáculo y me ducho para quitarme el maquillaje y el personaje. Tengo que recordarme: “Eres un tío normal”.
Ha tomado los dos temas que no se pueden tocar en la mesa: la política y la religión. ¿Cómo se ha metido en ese berenjenal?
Hacen falta discursos grandilocuentes. Tanto Carrillo y Suárez como Jesucristo son grandes personajes para este país, de una tradición política bastante conservadora y un Estado… ¿aconfesional, seguro? Usarlos para hacer referencia al discurso de necesaria transformación social es apuntar al centro de la diana. Puedo no acertar, pero si lo consigo estoy metiendo el dedo en la llaga. La cultura tiene que comprometerse.
¿A qué se debe el auge del teatro político, donde parece enmarcarse El encuentro?
Estamos aprendiendo desde la cultura. A mí no me gusta el teatro panfletario, por eso el reto es cómo hacer de un texto duro algo entretenido. A mí el teatro político me interesa: el teatro brechtiano, o incluso las tragedias de Shakespeare, que tienen una gran carga social.
¿Y la religión, cómo se lleva a los escenarios?
La liturgia es una puesta en escena, la Semana Santa es una fiesta, la mayor representación de teatro de calle. Si ellos entretienen, por qué no nosotros.
En El profeta loco toca la fe de una población de mayoría católica, y en El encuentro trata la memoria política de varias generaciones. ¿Cree que parte del público puede ofenderse?
Para mí también puede ser una ofensa la Semana Santa. O un Consejo de Ministros donde anuncian una batería de recortes que va a destrozar a la población civil. O que soltemos 38.000 millones de euros para rescatar a la banca. Si yo estoy en mi espacio, en el escenario, con mi dinero, ¿quién eres tú para decirme de qué puedo hablar?
Pero habrán tomado precauciones.
En El encuentro la consigna era el equilibrio entre ambas ideologías, y enEl profeta era respetar a la figura. No puedo atacar un dogma de fe, aunque quiera remover consciencias, pero me puedo cagar en el Vaticano.
En el momento en que transcurre El encuentro usted tenía nueve años. ¿Guarda algún recuerdo de la situación política?
Sí recuerdo la muerte de Franco. Tenía siete años y vivía todavía en Santa Coloma de Gramenet. Estaba con mi padre en un bar en la plaza del pueblo cuando salió en el televisor Arias Navarro: “Españoles, Franco ha muerto”. Mi padre empezó a dar botes e invitó a todos a un chato de vino. Yo los miraba con los ojos muy abiertos sin comprender del todo esa alegría.
El encuentro ha coincidido con la muerte de Suárez. ¿Cómo ha afectado eso a las representaciones?
Ya teníamos un gran respeto por el personaje, no hemos derramado lágrimas de cocodrilo, como otros. Nos han tachado de oportunistas, incluso, pero llevábamos cuatro años y medio con la investigación para la pieza y teníamos fijada la fecha del Español desde hace un año.
¿No ha cambiado vuestra perspectiva?
Ahora somos más conscientes de que nadie que tenga menos de 51 años ha votado la Constitución que nos rige. Y los chavales ni siquiera estudian la Transición en los institutos. Es una situación dramática, seguramente culpable de muchos de nuestros problemas.