17/4/14

Los secretos del éxito de Shakespeare


Fuente: Wiston Manrique Sabogal (elpais.com)
¡Shakespeare ha muerto! ¡Viva Shakespeare!
Hijo del Renacimiento, como Leonardo, Miguel Ángel, Rafael y Cervantes, la autoría de William Shakespeare ha sido cuestionada muchas veces. Setenta nombres, por lo menos, se han atribuido a la verdadera autoría de las obras shakespearanas. Una duda que, en los 450 años de su nacimiento, ha despejado James Shapiro. El profesor e investigador de la universidad de Columbia, abordó la cuestión en uno de los mejores estudios sobre el poeta y dramaturgo en Shakespeare. Una vida y una obra comprometidas (Gredos). Su conclusión es clara: Shakespeare es Shakespeare.
Otelo, Julio César, Enrique VI, Trabajos de amor perdidos…
Admirado ya en vida, logró el milagro de hacer sonar en un solo aplauso las palmas del público y los expertos, no solo de su época sino también a lo largo de estos cuatro siglos. Pero la sombra sobre su autoría ha aumentado en los últimos 150 años. Que si era alguien de la corte, que si era el nombre clave de un noble, que si era un político más culto, que si era el dramaturgo…
Si bien no se sabe su fecha exacta de nacimiento, sus padres lo registraron el 26 de abril de 1564, lo que significa que habría nacido entre el 19 y 25 de abril, ya que los bebés se registraban entre dos y seis días después de nacidos. Su muerte, en cambio, no deja dudas: 23 de abril de 1616.
Macbeth, El mercader de Venecia, El rey Lear…
Las razones de la polémica sobre la verdadera autoría, según James Shapiro resultan por momentos inexplicable. Aunque reconoce ciertos motivos: “No sobreviven muchas evidencias, aunque hay pruebas suficientes de su autoría, y el poderoso deseo de plantear y resolver un misterio. Otro más es la emoción de las teorías de conspiración, basadas en la exposición de cómo las autoridades e investigadores (como yo) han tratado de engañar al público. Pero sólo una persona escribió: William Shakespeare de Stratford”.
La grandeza de muchas de sus obras siempre ha despertado el misterio sobre su creador. Es la intriga tentadora del ser humano por desmontar la magia, por conocer el mecanismo y el origen de la belleza y lo sorprendente. La fascinación del enigma. Las preguntas ante lo sublime.
A esto se suma la sombra de una autoría que diferentes generaciones quieren reinventar. La tentación de resolver un enigma porque “sus obras son como los diamantes contra la luz que al hacerlos girar el reflejo de su brillo es especial y nuevo en cada movimiento”, explica Shapiro. Ahí está Hamlet, por ejemplo: “durante varios siglos ha sido visto como un intelectual paralizado por el exceso de pensamiento; otros lo han visto como un hombre que lucha por superar una crisis espiritual o religiosa; otros como un hombre que está abrumado por un complejo de Edipo. Estoy seguro de que la próxima generación tendrá su propia explicación a Hamlet”. Las culturas cambian, los tiempos cambian, la mirada cambia.
La tempestad, Ricardo III, ucho ruido y pocas nueces, Cimbelino…
Una tentación irresistible la de cada generación que busca redescubrirlo, reinventarlo, de saber dónde está el misterio, qué escode y por qué en una persona así: hijo de un comerciante de lana, carnicero, arrendatario pero que conocía no solo la vida de la corte y el reino, sino, sobre todo, el alma humana mejor que nadie, los pasadizos oscuros de los deseos, sueños y ambiciones. Un misterio. Es lo que tiene el genio, dice Shapiro, y recuerda que otro como Shakespeare que murió en 1616 era hijo de un barbero: “Cervantes también podía ver en el corazón de las personas a través de las clases sociales. La observación, la empatía y la curiosidad son dones y habilidades de los más grandes artistas, independientemente de su estirpe o clase social, pero que luego deben trabajar en su perfeccionamiento”.
El genio y el talento solos no bastan. “Shakespeare era muy afortunado”. Su buen momento coincidió con el periodo de esplendor de Elisabeth I. Aunque, recuerda el investigador, él poeta y dramaturgo nació y creció en un pueblo con una escuela de gramática terrible. “Cuando era un niño se empezaron a construir en Londres teatros públicos que podían albergar hasta 3.000 personas. Como resultado de ello, la posibilidad de ganarse la vida como actor, escritor y accionista de una compañía de teatro sólo se hizo posible en Inglaterra en la vida de Shakespeare. También fue bendecido al escribir para un grupo de actores excepcionales en un momento de gran transformación: los ingredientes perfectos culturales y políticos para una carrera estelar”.
Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano, Antonio y Cleopatra…
En ese entorno William Shakespeare da rienda suelta a su innata creatividad. Estaba dotado de muchas maneras. Escribía simplemente cuando lo necesitaba y de manera compleja cuando la situación lo exigía. Bebía de historias del pasado, del presente y de su propio ingenio. Pero a todas las dotaba de originalidad, las crea y confirma que la clave de una obra de arte está en el cómo. “Sentía menos necesidad de inventar historias que de transformar los que otros habían escrito y así descubrir el núcleo de las verdades”, asegura Shapiro. Incluso, tenía la capacidad de ampliar la simpatía a los personajes más malvados y violentos. “Tenía un talento mágico para hacer que cada miembro de la audiencia sintiera que él le estaba hablando directamente”.
El espectador o lector lo agradece porque no solo ve en esas obras una parte de los demás, sino también de su propio yo invisible o agazapado. Yoes que conforman el puzle del ser humano que incluye los fragmentos contra los que la mayoría de personas pugnan por no dejar salir.
Ahí reside parte de su eternidad. Shapiro se pregunta en qué momento las obras de Shakespeare dejarán de interesar a la gente, o no hallarán las conexiones con sus vidas. Su reinado se prevé largo, ¿eterno? “Mientras vivamos en un mundo donde las emociones y los problemas que animan estas obras sean parte de la vida y la existencia diaria como la codicia, el deseo, el amor, la ambición política, el odio racial, las divisiones dentro y entre las familias y las naciones”, él sospecha que su eternidad no tendrá fin.
Hamlet, príncipe de Dinamarca, Tito Andrónico, Coriolano
Shakespeare juega con nosotros y nosotros aceptamos encantados su juego. No solo en el tratar de descifrar su enigma y magia, sino en establecer cuáles son sus obras que más nos gustan. Dependerá del momento de la vida de cada uno; hoy podría serCimbelino, mañana Antonio y Cleopatra, y ayer pudo haber sidoRomeo y Julieta u Otelo. James Shapiro vive un momento Rey Lear.Entre otras razones porque es el tema de un libro en el cual trabaja desde hace una década y que publicará en 2016, cuarto centenario de su muerte. “Tuve la suerte de ver una producción inigualable, brillante, hace unos meses en Londres, protagonizada por Simon Russell como Lear, dirigida por Sam Mendes. Fue una interpretación audaz y sumamente oscura de la obra, que se dirigió directamente a nuestro momento cultural”. Su personaje favorito de Shakespeare es uno muy pequeño: el siervo sin nombre en El rey Lear, que trata de detener a su amo y muere en el intento, su pequeña parte es inquietante. En Shakespeare, admite, incluso los personajes más pequeños pueden ser inolvidables.
Sus verdades esperan entre las sombras. Seducen, porque sus bellas palabras desenmascaran cosas que nos palpita dentro.

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