15/7/14

Blanca Portillo se mete en la piel de la Virgen



Fuente: Javier López Rejas (elcultural.es)

El testamento de María, de Colm Tóibín, nos plantea una aproximación a la vida de la madre de Jesús desde una perspectiva exclusivamente humana”. Con estas palabras José Antonio Gurpegui introducía en estas páginas su crítica sobre la obra del escritor irlandés. La adaptación al teatro por parte del cineasta Agustí Villaronga (Palma de Mallorca, 1953) no hace sino abundar en esta faceta íntima de uno de los personajes centrales de la religión católica. El monólogo, que llega al Festival Grec el próximo jueves, 17 de julio, está protagonizado por Blanca Portillo, un nuevo desafío escénico que la ha llevado, según reconoce Villaronga a El Cultural, a “humanizarla y a llenarla de matices a veces muy contradictorios. Según sus palabras, se ha enfrentado a una Virgen tan de carne y hueso que ha llegado a verla como una heroína, trágica a veces pero también muy cotidiana”.

La idea del montaje, escrito para Meryl Streep y representado en el Teatro Walter Kerr de Broadway por Fiona Shaw, surgió hace dos años de un encuentro entre Tóibín, Villaronga, el productor Javier Pérez Santana y Enrique Juncosa, director del Irish Museum of Modern Art. Su estreno en el Grec será sólo un primer paso para esta obra porque en noviembre recalará en el Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional. “El proceso de adaptación ha sido complicado -explica el director de Pa Negre-. El texto original era un monólogo puro y duro en el que ni siquiera había acotaciones. En la versión interpretada por Fiona Shaw se hace una nueva adaptación. Durante este proceso Tóibín, cada vez más inmerso en la historia, elabora una novela corta que no es más que una ampliación del primer texto. Al enfrentarme a la adaptación intenté tener en cuenta las tres fuentes de las que disponía, de tal manera que no fui del todo fiel a ninguna, centrándome en generar una línea de acción más diáfana. Eso sí, las palabras y el espíritu son cien por cien Tóibín”.

Nos encontramos, pues, ante una ficción. Que nadie espere una fiel adaptación del mensaje de la Iglesia. “El mensaje está hecho desde la tierra, no desde los cielos. Es tremendamente espiritual pero sin intervenir en absoluto lo sagrado. No habla del icono de la Virgen como algo intocable e inmaculado sino que muestra a una simple mujer de campo abocada a la separación de su hijo cuyas ideas no comprende y a la dolorosa experiencia de vivir su terrible agonía sin poder hacer nada para salvarlo”.

Para Agustí, lo esencial es desnudar la narración de toda complejidad que no vaya directamente al corazón, allanar el camino de forma didáctica para entender de un modo sencillo la historia contada en los evangelios y asimilar los nuevos y diferentes matices de esta Virgen de Tóibín. Para ello, el director utiliza un espectáculo austero y al mismo tiempo visual en el que se utiliza más la narrativa cinematográfica, a través de secuencias, que la teatral, con actos y escenas.

El personaje protagonista se nos presenta ya en la vejez y a punto de morir. Revive, como si de un cúmulo de flashbacks se tratara, momentos de su vida. Hermosos algunos, terribles, otros. Y los recrea desde su exilio en Éfeso, como si en sus solitarias y largas noches diera forma a esos fantasmas del pasado y con ellos nos descubriera la mujer que realmente es. “Nos da su palabra. Su verdad”. ¿Puede decirse entonces que nos encontramos ante una obra religiosa? Villaronga responde con contundencia: “Es absolutamente religiosa. Versa sobre eso y fabula sobre eso”. ¿Podría ser entendida como irreverente? “No lo creo. En los Evangelios, el personaje de la Virgen es alguien poco definido, una mera comparsa del principal: su hijo. Sale poco, habla poco y no llega a expresar ideas propias. En la fabulación de Tòibín se exploran los sentimientos de esa mujer que, en varios aspectos, se aleja de la ortodoxia católica. Alejarse de ello nos ayuda a entender mejor el drama personal de esa mujer. Es perfectamente lícito prestar atención a este dolor de madre y a la rabia y confusión que eso puede llegar a generar”.

En esta mezcla de sentimientos, el de la culpa es el que planea en todo momento sobre la interpretación de Blanca Portillo. “La que podía haber hecho y no hizo, o no pudo hacer. Pero hay muchas cosas más. La tergiversación de la palabra que selecciona lo que puede o no ser dicho. Como si nuestro personaje se quitara una mordaza y pudiera hablar con libertad sobre cosas a las que la Historia no le presta atención. Y por encima de todo, el amor. Otro sentimiento. En este caso un amor de madre que añora a su marido y a su hijo, a los que amó de una forma dulce, sencilla y plena”.

Para subrayar este texto tan potente y de tanta carga emocional del escritor irlandés Villaronga ha encargado la escenografía al artista Frederic Amat, que le ha dado al espectáculo un entorno a medio camino entre la abstracción y lo cotidiano. Partiendo de la idea de recrear la casa de María de Éfeso la convierte en una especie de habitación de la memoria, “como un gran cerebro del que surgen objetos, elementos del pasado que se imponen al presente del personaje”. Según Villaronga, Amat ha tratado ese espacio como si fuera “un retablo en el que recrea los hechos a modo de ‘aleluyas' con diferentes estampas . En definitiva, un nido en el que ella se protege esperando la muerte como una liberación”. Tal vez, como apunta Gurpegui, “la catarsis venga por la escritura y a fin de cuentas solo pretenda expiar su culpa diciendo la verdad”.