21/8/14

Ah, si Escocia fuera independiente...


Fuente: Rafael Ramos (lavanguardia.com)

Con la cuestión del independentismo -o el nacionalismo, o el soberanismo- resulta difícil dar en el gusto a todo el mundo. Para unos siempre habrá demasiado, y para otros demasiado poco, ya sea en la tele, las tertulias o el Festival de Edimburgo. El director del festival escocés, Jonathan Mills, prometió que el referéndum de dentro de un mes no tomaría a la cita como rehén hasta el punto de hacerla monotemática, pero la verdad es que no puede decirse que lo haya conseguido.

Lo cual no es necesariamente malo, porque el debate entre la unión y el divorcio ha dado pie a pantomimas, actuaciones y shows de humor muy divertidos, como The Great British Bake-Off, All Back to Bowie, The Pitiless Storm o The Pure, the Dead and the Brilliant. Cierto que casi todos ellos son un cántico a la independencia, y a que los escoceses no se dejen meter el miedo en el cuerpo por la campaña negativa de las fuerzas del no. Pero también hay algún que otro contrapunto, como el cómico irlandés Andrew Maxwell cuando desmitifica la noción de que Escocia, por el mero hecho de soltar amarras, fuera a convertirse en un paraíso socialdemócrata. El sistema, aquí y en la Conchinchina, es demasiado fuerte como para permitir desvíos a las doctrinas neoconservadoras en boga, de recortar beneficios sociales a los pobres y salarios a las clases medias, para que los ricos se hagan más ricos.

Lo que se hace y se dice en el Fringe escapa al control de Mills, pero no así la programación y el tono del festival oficial propiamente dicho. Y su pièce de résistance es una trilogía de obras de teatro llamadas The James plays, que, según se mire, pueden considerarse una apología de la independencia. "¿De qué tenéis miedo?", dice en una de las últimas escenas la actriz danesa Sofie Gråbøl (reina Margarita) desafiando a los timoratos y dubitativos nobles escoceses.

Todos los sondeos sugieren que después del referéndum Escocia seguirá siendo parte del Reino Unido, pero la conclusión sería muy otra si el Festival de Edimburgo fuera la inspiración de los encuestadores. Porque entre los artistas y el público (descartando ingleses y turistas) gana el sí por aplastante mayoría, y en las tiendas de la Royal Mile se venden tarjetas postales con la apariencia de un pasaporte escocés y la inscripción "válido a partir del 19 de septiembre".

The James plays, de Rona Munro, constituye más un argumento implícito que explícito a favor de la soberanía. La autora dramatiza con gran éxito las vidas de tres generaciones de reyes de la Casa de Estuardo que dominaron Escocia durante la mayor parte del siglo XV, después de haber hurgado en los archivos para reunir el escaso material relativo a aquella época, mezclar alguna que otra cita histórica con diálogos de ficción, y maquillar un poco a los personajes para hacerlos teatrales y que resistan un tour de force de casi nueve horas.

Las tres obras -Jacobo I, Jacobo II y Jacobo III- exploran, aunque sea un poco de refilón, conceptos muy pertinentes en el actual clima político sobre la identidad nacional, el espíritu individual, la importancia de los lazos familiares y la dicotomía de ilusión y el miedo. Para los nacionalistas escoceses, son una demostración más de las diferencias de historia y cultura con el vecino del sur, y un recordatorio de que Escocia fue una vez un país autosuficiente que gozó de considerable peso en Europa, a pesar del egoísmo de una aristocracia y una clase empresarial que eventualmente se "vendieron" a Inglaterra con la unificación de 1707 para preservar sus propios intereses. Y para los unionistas, son una prueba de que "juntos mejor que separados", porque se trata de una colaboración entre el Teatro Nacional de Escocia y el National Theater inglés, que las presentará a la audiencia londinense en septiembre.

"¿Quién puede querer reinar en Escocia? -pregunta la reina Margarita al Parlamento escocés-. Yo vengo de una nación razonable con gentes razonables, mientras que ustedes...". Que una actriz danesa (Sofie Gråbøl) interprete el papel de la monarca -una Angela Merkel del siglo XV- también es un dato relevante para el debate político, dadas las alianzas históricas de los escoceses con los países escandinavos en oposición a Inglaterra, y la insistencia del primer ministro Alex Salmond en poner a Noruega y Dinamarca como ejemplo de países pequeños y exitosos.

Jacobo I es un romance medieval que evoca el regreso a Escocia del joven rey después de su encarcelamiento en Inglaterra, y sus problemas para encontrar dentro de su alma el grado de brutalidad necesario para hacerse respetar y controlar a los clanes escoceses; Jacobo II es más psicológica, y explora la compleja relación entre el monarca y su amigo Douglas; mientras que Jacobo III relata la batalla de Margarita para mantener unido un país ablandado por el Renacimiento, mientras su frívolo marido se divierte ejerciendo de playboy. 

La obra teatral El juicio de Jane Fonda (sobre las repercusiones de la famosa visita de la actriz a Hanói), Las Troyanas de Berlioz en versión del Mariinski de San Petersburgo, y el grito anticolonialista del autor sudafricano Brett Bailey en Expediente B también han iluminado el festival. Pero su estrella es la serie escocesa de Munro, y su discurso es el de la independencia.

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