23/9/14

José Manuel Mora: "La performance es solo una herramienta teatral más"


Fuente: Javier Yuste (elcultural.es)

El Teatro Español apuesta para la Sala 2 de las Naves de Matadero por una de las obras que mejor acogida tuvo en el pasado Festival Fringe. Los nadadores nocturnos, que estará en el centro cultural madrileño hasta el 28 de septiembre, está firmado por José Manuel Mora (Sevilla, 1978), joven dramaturgo que cuenta ya en su haber con una prolífica carrera y que desde Draftinn, un laboratorio de investigación, experimentación y diálogo de las artes escénicas situado en el barrio de Ventas, ayuda a activar el panorama teatral de la capital. Entre sus múltiples estrenos destacan Mi alma en otra parte (CDN, 2009), La melancolía de King Kong (La Abadía, 2012) y Nada tras la puerta (CDN, 2013). Los nadadores nocturnos, ha sido escrito gracias a una residencia artística en el prestigioso Théâtre de la Ville en París.

¿Quiénes son Los nadadores nocturnos?

Los nadadores nocturnos son un grupo de personas damnificadas por el amor, pero también por lo que esta pasando en este país en este momento, que deciden fundar una orden y vivir cuidándose los unos a los otros.

¿Qué caminos transitó para imaginar esta historia?

Durante un año y medio estuve recopilando muchos fragmentos de historias que leía en la prensa o me contaban algunos amigos o que escuchaba en la calle o en el metro. Historias abortadas, muy simples, como fogonazos. Hechos que han podido tener lugar en estos últimos años, en esta época convulsa de crisis que sufrimos en nuestro país. Con todo ello me propuse escribir una pieza de teatro cuando me invitaron a hacer una residencia en el Theâtrè de la Ville de París.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Quise profundizar en estas historias pero me di cuenta de que tenían que tener poco desarrollo ya que su valor era la inmediatez, ese fogonazo que había en cada una de ellas. Lo importante era el paisaje roto y descompuesto que formaban entre todas y que servía de metáfora de lo que ha sucedido en estos últimos años en nuestro país pero también en Europa y en muchos otros lugares. Ahí surgían varias cuestiones: ¿Cómo una serie de personajes son capaces de vivir en un mundo que ha sido vendido a multinacionales? ¿Cómo es posible vivir historias de amor o vivir con cierta ingenuidad en un mundo en el que todo ha sido devastado? En su momento me impresionó mucho lo de Vodafone-Sol en el metro de Madrid. Lo que vemos en la pieza es un Madrid vendido en el que convergen todas estas historias.

¿A dónde nos lleva todo esto?

A las consecuencias a nivel emocional que tiene en los seres humanos esta hecatombe financiera, esta crisis feroz del capitalismo.

¿La visión que da la obra del mundo es fundamentalmente amarga?

Algo de amargura hay porque es imposible mirar lo que ocurre alrededor sin caer en la desazón. Pero a su vez también hay mucho optimismo en el sentido de resistencia, aunque un optimismo nada ingenuo: pese a todo, seguimos resistiendo. “Es terrible pero me llevas de la mano y viajo contigo”, me decía un espectador. Realmente no es un espectáculo en el que se agreda al público porque, aunque presenta vidas rotas, están tan rotas como las de cualquiera. La diferencia es sutil porque buscamos un sentido a todo esto. Pese a que hay amargura y desconsuelo también hay esperanza. Y me ha sorprendido muchísimo el montaje porque además de constituir todo un paisaje poético de un nivel estético impresionante, funciona con mucho humor.

¿Qué le parece que esta obra lleve la etiqueta de performance?

Carlota Ferrer, la directora, y yo trabajamos juntos muy mano a mano. Aunque ella es la responsable de la puesta en escena, la coreografía y la dirección del espectáculo y yo me ocupo del texto, en realidad hacemos un trabajo muy de pasarnos la pelota el uno al otro. Realmente la performance es una herramienta teatral más. Aquí tiene que ver con que, a medida que la pieza avanza, en realidad no estamos viendo tanto al personaje en un sentido aristotélico en el que tiene un desarrollo y cumple un objetivo dentro de la fuerza del drama. En realidad lo que vemos son actores que comparten con el público su vida, sus dolores, sus alegrías, sus conflictos... Después, a nivel estético, Carlota es una mujer que ha trabajado con muchos directores y que se ha curtido con creadores de vanguardia. Está muy metida en el mundo de las artes plásticas y visuales. Además, hay más elementos con reminiscencias a un teatro performativo como la idea de recoger un texto polimorfo con muchas voces, personajes, situaciones...

La obra vuelve a Matadero tras el Fringe...

Yo estoy muy contento de estar en el Teatro Español y en Matadero. Matadero es uno de los sitios mas interesantes e importantes que he conocido a nivel arquitectónico, técnico... Está a la altura de los mejores lugares teatrales de toda Europa. La Nave 2 de Matadero es una maravilla. Después, la idea de que un espectáculo del Fringe puede transitar hacia la programación regular es absolutamente necesaria y muy interesante, porque ayuda a que haya cierto tejido teatral y a que los festivales no solo sean un lugar de mera exhibición sino que también sean un lugar de encuentro y salgan espectáculos que se incorporen a la cartelera de los teatros. Nuestra presencia en Matadero es un deseo sobre todo del director de producción del Teatro Español, Marc Martí y del nuevo director de la institución, Juan Carlos Pérez de la Fuente, que ha sido generosísimo con la propuesta y muy entusiasta.

¿Ha ganado el montaje con el tiempo?

Tampoco ha tenido tanta vida. La obra tuvo la residencia para en el Theâtre de la Ville pero solo a nivel textual. Después se estrenó en el Fringe, luego ha pasado por la FiraTàrrega un fin de semana y lo han seleccionado también para el Festival Quijote de París pero para el próximo año. Cada día con más poso, con más peso y con más solera pero está realmente recién estrenado. Los actores de todas maneras hacen un trabajo formidable. Merece la pena por el nivel de la puesta en escena y el nivel de implicación, la energía y la entrega de los actores que es algo poco común en la cartelera o, al menos, yo no lo veo con tanta frecuencia.

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