12/11/14

La vida sin sacerdocio del poeta Py


Fuente: Álex Vicente (elpais.com)
He oído una deflagración lejana, y en la oscuridad de mi habitación tengo los ojos abiertos de par en par y el cuerpo crispado por lo oído”. Se levanta el telón y aparece un arquitecto enzarzado en un texto imposible, de una lírica recargada y funesta, que nos habla de miedos congénitos, de noches eternas y huidas hacia delante. “Ese despertar sobresaltado”, prosigue el protagonista, “es como un despertar en la muerte, y el silencio de la ciudad me ayuda a tener un momento de conciencia exacerbada”. Ese hombre emprenderá entonces una caminata nocturna por las calles de una ciudad desierta y siniestra, buscando una respuesta a sus súplicas desesperadas por todos sus rincones.
En la oscuridad de una sala de ensayo en las afueras de Aviñón, Olivier Py (1965) observa ese panorama desde la distancia intermedia que le confiere la tercera fila. De vez en cuando, este tipo con aspecto de ogro bondadoso suelta una ruidosa carcajada, como si el desasosiego de su personaje solo le procurara goce. Interviene poco, limitándose a dar alguna indicación en un castellano imperfecto pero vivaz, que jura haber aprendido en la escuela, aunque se intuya que debió de perfeccionarlo en algún bar madrileño. Director del certamen teatral que tiene lugar cada verano en la ciudad provenzal, Py se encuentra en pleno ensayo de Hacia la alegría, primera obra que el Festival de Aviñón coproduce con el teatro de la Abadía, donde será estrenada el miércoles próximo. La pieza adapta una reciente novela del director y dramaturgo, Excelsior, cántico desesperado de un hombre de nuestros días sumido en la crisis espiritual. Un largo soliloquio en forma de triple salto mortal interpretativo, al que se enfrenta un actor tan curtido en las tablas como Pedro Casablanc. “¿Qué es una obra por majestuosa que sea, si no vibra con sus contemporáneos? ¿Si no se eleva hasta una forma revolucionaria sin violencia y es más eficaz que las barricadas?”, declama el personaje del arquitecto. En sus rasgos no cuesta adivinar los del propio Py, personaje fundamental de la escena francesa de las últimas dos décadas, en la que irrumpió a finales de los ochenta provocando un estruendo considerable.
—No sé muy bien por qué, pero he escrito varias veces sobre arquitectos —explicará Py más tarde, en un sombrío comedor que le protege del sol perezoso que baña el paisaje provenzal en este inicio de otoño—. Supongo que encarnan lo opuesto a un director de teatro. Un arquitecto construye cosas que no desaparecen, que duran y envejecen. Nosotros, en cambio, ¿qué construimos? La mañana siguiente a la última representación de cada una de mis obras, siempre me despierto con esa pregunta.
—Entonces, ¿es esta obra una autobiografía indirecta o invertida?
—Toda ficción es autobiográfica. No hay nada más autobiográfico que la ficción, ni nada más ficticio que la autobiografía. Más que un dramaturgo, me considero un poeta. Y un poeta siempre habla de sí mismo, de su aventura espiritual y del lugar en que se encuentra frente al mundo. Ahí es donde se halla lo más íntimo. Hablar de mi vida sexual habría resultado mucho menos privado e indecente.
—Su protagonista se encuentra perdido en un mundo que ha dejado de entender. ¿Lo está también usted?
—Este texto responde a un momento de angustia, de crisis, de preocupación, de incomprensión; de sensación de vanidad, de fracaso y de absurdidad. Pero nunca de extravío. A decir verdad, no me he sentido perdido en la vida. Para todo artista, esos momentos de duda son algo que viene y se va. Hay que atravesar la noche una y otra vez. Se deben superar muchas noches para tener derecho a un poco de luz.
Py cuenta con una inteligencia deslumbrante de la que parece consciente, pese a que se esfuerce en no demostrarlo excesivamente. Está protegido por un sarcasmo festivo y ocurrente que no logra camuflar cierta pesadumbre, igual que el tono cómico y burlesco de sus textos no logran disimular lo insoportable que le debe de parecer la existencia. Nacido hace 49 años en Grasse, diez kilómetros al norte de Cannes, Py encarna a una especie de hombre orquesta del teatro francés: intérprete de formación, director vocacional, escritor por necesidad y gestor de grandes instituciones por accidente. Cuando estudiaba, un profesor le dio un sabio consejo: “Entre dos opciones, elija siempre ambas a la vez”. Py decidió obrar en consecuencia.
La primera vez que se subió a un escenario tenía cuatro años e interpretaba al lobo de una función escolar. Hasta que el disco que funcionaba de banda sonora se rayó y aquel actor prematuro se descubrió solo ante el peligro. Entendió entonces en qué consistía el teatro. De adolescente, se dijo que esa sería su única salida en la vida. “No me dirigí al teatro por narcisismo. Lo hice porque el mundo me parecía invivible. Solo me parecía algo menos odioso cuando me encontraba sobre un escenario”, confiesa. “No sé por qué deposité tantas esperanzas en el teatro. Para mí se trataba de un universo desconocido, ya que mi familia no tenía afición por la cultura, pero no se opusieron a que me adentrara en él. Entendieron que ese era mi destino”. El misticismo del personaje, a veces ridiculizado en el microcosmos teatral parisiense, salta a la vista desde el primer minuto. Católico converso en una familia atea y lector voraz de Teresa de Lisieux y Paul Claudel, Py sopesó en su juventud emprender la carrera religiosa.
—¿Por qué prefirió el teatro a la oración?
—El destino escogió por mí. Entre los 20 y los 25 años dudé mucho, pero entonces empecé a actuar y ya no pude parar. Si mi vida en el teatro no hubiera funcionado, me habría dirigido naturalmente hacia la religión.
—¿Diría que, en el fondo, se trata de lo mismo? ¿De una especie de sacerdocio que lo protege de ese mundo invivible del que hablaba antes?
—Sí, lo veo así. Pero puntualizo que ese sacerdocio no me parece triste. Yo contemplaba la vida religiosa como una aventura espiritual y heroica, y la sigo viendo así. Todavía hoy, cuando veo a un monje en sandalias por la calle, suspiro por el destino que no tuve.
—¿Ha leído Le royaume, el superventas de Emmanuel Carrère sobre su crisis de fe?
—Sí, claro. Quedamos el otro día. El suyo es un caso exótico. Su conversión fue rápida y violenta. Al cabo de tres años abandonó el camino espiritual. Yo le dije que ese abandono será temporal. Una vez se ha descubierto algo así, esa puerta nunca se cierra del todo.
Sus padres fueron pieds-noirs, magrebíes de origen francés que regresaron a la Francia continental tras la independencia de Argelia en 1962. Py asegura que, de pequeño, siempre se sintió extranjero en su propio país. “Mis padres me inculcaron ese sentimiento. Hoy me encuentro más a gusto, aunque tampoco tanto. Por una parte me siento profundamente francés, aunque solo sea porque esa es mi lengua”, sostiene. “Por la otra, me sigo definiendo como mediterráneo”. Ese sentimiento íntimo de diferencia ha marcado su carácter y su carrera. En el ecosistema del teatro francés siempre se le ha dado de comer a parte. Durante los noventa, Py encarnó un teatro excesivo y noctámbulo, inscrito en la marginalidad y atravesado por la cuestión homosexual, sucesor inmediato de Koltès y Copi, a la vez que contemporáneo de Lagarce y Gabili. Los cuatro fallecieron jóvenes: los tres primeros, de sida, y el último, de un paro cardiaco. Cuando Py fue nombrado por sorpresa director del Odéon parisiense, templo del teatro público fundado en 1782, bromeó que era solo por falta de competencia: “Todos los directores de mi generación se habían suicidado, sucumbido a una sobredosis o muerto de sida”.
De nuevo, ¿escondía ese humor devastador una profunda soledad? “Siempre he sido tratado como un extraño animal, pero nunca me he sentido relegado al margen. Desde el principio de mi carrera, trabajé para las instituciones”, corrige. En efecto, Py echó raíces durante una década en el Centro Dramático de Orleans, uno de esos escenarios públicos de provincias en los que se hicieron un nombre muchos de los grandes directores del teatro francés actual, como Stéphane Braunschweig, Stanislas Nordey, Ludovic Lagarde o Wajdi Mouawad. Incluso cuando dirigía uno de los mayores teatros parisienses seguía llevando una doble vida. Desde hace 15 años, Py circula por la geografía francesa con un show de travestismo, en el que cuelga los hábitos institucionales y sube a escena para transformarse en Miss Knife, una despechada cantante que entona canciones de desamor. “Durante mis años en el Odéon tuve que vestir de traje y corbata con frecuencia. Ponerme liguero y tacón alto era un acto político, que me permitía preservar mi libertad”, asegura. Si nunca ha renunciado a convertirse en esa desconsolada cabaretera, aunque sea solo un puñado de noches al año, será por algo.
Pese a su fervor religioso, el dramaturgo no tiene problemas en marcar sus distancias con la Iglesia. Dice vivir con dolor el repunte ultracatólico al que asiste Francia desde 2012, cuando millones de manifestantes salieron a la calle contra el matrimonio homosexual que pretendía aprobar François Hollande. Py se dice repugnado ante esa supuesta minoría silenciosa, convertida en vigoroso contrapoder a la acción gubernamental. “Me siento triplemente horrorizado: como francés, como homosexual y como católico”, afirma. “Pero el Vaticano no es la Iglesia. No tienen nada que ver con los hombres y mujeres que me ayudaron a construir mi camino espiritual, a quienes no podría importarles menos mi sexualidad”. Py estuvo casado durante diez años “por amor” con la actriz y dramaturga Elizabeth Mazev, a quien conoció a los ocho años. “Nos divorciamos porque ella conoció a alguien, y luego lo hice yo”, aclara. “No creo que me vuelva a casar, aunque ahora sea posible. Mi compañero no parece tener prisa en comprarme un anillo”.
Como todos los directores vinculados al poderoso teatro público francés, la suerte de Py ha dependido durante décadas del favor de quien ocupaba el poder. En 2012, el exministro Frédéric Mitterrand —nieto sarkozista del expresidente socialista— lo destituyó sin previo aviso tras cinco años de buena labor, durante los que consiguió desempolvar una institución prestigiosa pero algo anquilosada. Ese final abrupto le dejó mal sabor de boca. “Intentar transformar ese teatro fue como empujar cada día la pirámide de Keops. Cuando había logrado avanzar algunos centímetros, no me dejaron seguir”, lamenta. Una inesperada carambola le terminó salvando in extremis.Su premio de consolación fue un billete de ida para colocarse al frente de Aviñón, donde el pasado verano condujo una primera edición extremadamente difícil, marcada por la huelga de los trabajadores eventuales, que forzaron la suspensión de numerosas funciones. “Aviñón siempre había sido mi sueño. Es el mayor teatro del mundo. El año que viene todo será más tranquilo”, dice Py. Antes, había acudido a él en una decena larga de ocasiones como artista invitado. La primera fue en 1995 con La servante, una obra de 24 horas de duración que reveló esa desmesura que ya es marca de la casa.

Dice que no ha tenido ningún padre, “ni en el teatro ni en la vida”. “Salvo Ariane Mnouchkine, tal vez”, dice sobre la mítica directora del Théâtre du Soleil, que en los setenta y ochenta aplicó un electrochoque a la agarrotada escena francesa. “Mi abuelo, aunque nunca lo conocí, puede que sea Jean Vilar”, afirma sobre el fundador de Aviñón en 1947. Como él, Py es un artista ejerciendo de administrador, partidario de un teatro popular pero elevado, que se interroga sin cesar sobre su función política en la sociedad actual. Habrá llegado a lo más alto del escalafón, gracias a un apetito de poder que algunos le recriminan, pero las jaulas doradas no son lo suyo. En un momento de Hacia la alegría, el arquitecto se adentra en un oscuro túnel lleno de indigentes. “¿Cómo hacerles comprender que lo único que deseo es acostarme junto a ellos y compartir el destino de su pobreza extrema?”, se pregunta. “No es mi sitio, lo sé. ¿Pero cómo decirles que mi sitio tampoco está entre los miembros de mi consejo de administración?”. El ensayo termina y, sobre el escenario, la noche llega a su fin. Antes de que eso suceda, la voz del autor se solapa una última vez con la de su desdichado personaje: “No soy más que un hombre y conozco lo inconmensurable del dolor”.
Hacia la alegría. Texto y dirección de Olivier Py. Teatro de la Abadía (Madrid). Del 12 de noviembre al 7 de diciembre.