18/3/15

Cara a cara con el secreto de Bárbara Lennie


Fuente: Marcos Ordoñez (elpais.com)
Más allá de la obvia belleza, de la mirada inteligente y la sonrisa sin esfuerzo, exhala una fuerza tranquila que le ha permitido rodar, desde los 15 años, 14 películas y 5 series, trabajar en 6 funciones y pasar sin desbarajustarse por la barahúnda de los Goya y la fama repentina. Bárbara Lennie nació en Madrid en 1984. Padres argentinos. Él, médico; ella, psicóloga. “Habían sido militantes de izquierda y, como tantos otros, tuvieron que exiliarse. Se conocieron en Madrid y se enamoraron. Trabajaron en mil cosas. Mi padre vendía zumos de naranja en Marbella. Mi madre fue secretaria en televisión. Vivíamos en el barrio de Prosperidad, pero no recuerdo nada: era un bebé”. Cuando tenía seis meses volvieron a Buenos Aires. Bárbara creció en Belgrano R, un barrio de grandes árboles y grandes casas donde a finales del siglo XIX se asentaron los ingleses que llegaban para trabajar en el ferrocarril. “Tengo muchísimos recuerdos, muy bellos y muy nítidos. Mucha luz, mucha calma, la felicidad de ir andando a todas partes. El apellido Lennie es escocés, de aquellos primeros emigrantes. Vivíamos en un PH, esos departamentos con pasillo común tan porteños. Todos los fines de semana íbamos al campo, a la casa de mis abuelos en City Bell, en La Plata. Un mundo muy feliz, con muchos primos y primas jugando y riendo”.
Todo aquello acabó al cumplir seis años. La inflación se disparó en el segundo Gobierno de Menem y sus padres decidieron volver a Madrid. “Para mí fue como aterrizar en otro planeta: entre Pinar de Chamartín y el barrio de Hortaleza, junto a un asentamiento gitano. Era el año 1990 y todavía había burros, carros… En mi recuerdo, Buenos Aires me parecía una ciudad infinitamente más moderna, y en aquellos primeros años me tocó sentir la nostalgia que habían experimentado mis padres. Apenas nos acercábamos al centro. Intenté hacer amigas, pero eran chicas muy duras y se reían de mi acento. Tenían mi edad y habían vivido el triple que yo. Mi salvación fue el colegio de Las Naciones, en una casita maravillosa”. Quizá empezó allí el gusto por el teatro, con una profesora argentina que les hacía representar pequeñas escenas. O por la influencia de la abuela Baby, Berta Zuccarino, “que siempre quiso ser actriz, pero se casó muy joven, y le encantaba disfrazarse, y era divertidísima. Murió el pasado verano, el mismo día que yo llegaba para representar La función por hacer en Buenos Aires”.
Recién cumplidos los 15 sonó la flauta: Víctor García León apareció por el instituto buscando una chica para protagonizar Más pena que gloria (2001). “Jonás Trueba, al que conocía de Las Naciones y había escrito el guion con él, me dijo: ‘Preséntate, yo te veo como actriz’. A mí me parecía una locura y me lancé sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. El primer día de rodaje estaba muerta de miedo. A los cuatro estaba encantada. Aquel fue el verano más feliz de mi vida. Víctor me abrió un mundo. Me hablaba de actores, de rodajes, de la vida de los cómicos. Me presentó a sus padres, Pepe García Sánchez y Rosa León. Me hizo ver muchísimas películas. Tuve el tremendo síndrome de fin de rodaje: ‘¿Ya está? ¿Por qué os vais todos?”.
Sus padres se aterrorizaron con el cartel: Bárbara chupándole el dedo al actor Biel Durán. Pero la vieron feliz. Dijo: “Quiero ser actriz, quiero dedicarme a esto”. Contestaron: “De acuerdo, pero estudia”. A los 18 entró en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD). Entre 2005 y 2008 rodó cinco pelícu­las: Obaba, de Montxo Armendáriz; La bicicleta, de Sigfrid Monleón; Las trece rosas, de Martínez Lázaro; Mujeres en el parque, de Felipe Vega, y Todos los días son tuyos, de Gutiérrez Arias. “No paraba de estudiar y trabajar. ¿Cómo era entonces? Muy tímida. Muy neurótica. Obsesionada con aprender. Y con hacer teatro también. Al acabar la RESAD pensé que iba a hacer mucho teatro, pero no salió nada. En 2008, con Santi Marín, nos lanzamos a hacer Trío en mi bemol, de Éric Rohmer. Siempre nos ponían de pareja en la escuela y el Trío fue nuestro proyecto de fin de carrera. Nos presentamos en el off del teatro Lara”.
Ese año comenzaron a pasar cosas. El director de casting Luis San Narciso la llamó para una serie, Cuenta atrás; rodó Los condenadoscon Isaki Lacuesta, y el director de escena Miguel del Arco le ofreció formar parte del primer proyecto de la compañía teatral Kamikaze: La función por hacer. “La serie me vino muy bien porque fue un año de trabajo. El largo monólogo en primer plano de Los condenados llamó mucho la atención. Fue la primera vez que tuve la oportunidad de volar un poco en cine. Hablé mucho con mis padres del guion, que les pareció muy emocionante, porque era una historia de su generación: mi tía Cristina, hermana de mi padre, fue una de tantísimos desaparecidos. Y luego llegó el fenómeno de La función por hacer, en el mismo hall del Lara donde habíamos hecho el Trío. Cada noche venía más gente, y más, y más… Fue una felicidad absoluta: ver cómo crecía el espectáculo y que éramos, por fin, una compañía, un grupo. ¡Y seguimos de gira, porque nos la siguen pidiendo!”.
Tras La función por hacer siguieron los éxitos: Veraneantes (2011-2012), en el Teatro de la Abadía, y Misántropo (2013-2014), en el Español y el Lliure, donde, según cuenta, sintió en escena “una seguridad y una libertad nuevas”. A Miguel del Arco lo define como “alguien muy apasionado, en el teatro y en la vida. Superexigente. Y también muy divertido. Con él sentí por primera vez que alguien rebuscaba en mí como director. Tanto Miguel como Lautaro Perotti, con el que hice Breve ejercicio para sobrevivir (2013), mano a mano con Santi Marín, en la Pensión de las Pulgas, te dejan espacio para probar, para crecer. Te demuestran que creen en ti. Lo ves en su paciencia para dejarte encontrar lo que quieren. Y en su sentido del humor. Yo solo creo en la gente que trabaja con humor. La capacidad mental de Miguel es apabullante. Y su entrega: si un director está a tope durante seis horas de ensayos, tú has de devolverle toda esa generosidad. Miguel hace las giras con nosotros y sigue pasándonos notas cada noche. Las funciones salen bien por eso. Nos conocemos mucho todos, y cada vez necesitamos menos palabras”. Tras su paso por televisión con Isabel (2012-2013), donde interpretó con fulgor casi hollywoodiense a la reina Juana de Portugal, llegó el pródigo 2014, con los triunfos de El Niño, de Daniel Monzón, y Magical Girl, de Carlos Vermut, que le valió el mes pasado el Goya a la mejor actriz.
“En televisión aprendes a resolver, a ser eficaz. Has de estar muy atenta. En el cine puedes pelear por repetir una secuencia; en la tele, nunca. Has de llegar con el trabajo muy preparado o estás perdida. Tienes que estar muy al tanto de las cámaras, saber si el plano va para ti. Se ensaya poquísimo, ese es el gran problema. Al día ruedas el doble de secuencias que en una película y no hay tiempo para nada. Amar es para siempre (2009-2010) fue agotador porque grababa en Madrid de lunes a miércoles y volvía a Barcelona para representar La función por hacer hasta el domingo. Tenía la habitación desbordada de separatas con los textos de las secuencias. Digo que es agotador, pero también me daba marcha”.
De Diamond Flash (2011), la primera pelícu­la de Carlos Vermut, le fascinó el laberinto de historias y la intensidad de las actrices. Quiso conocerle y trabajar con él. “Dicho y hecho: todo fue muy fácil. Tuve 12 días de rodaje y un par de ensayo, pero gracias a él llevaba la película dentro. Volvía a casa y seguía en aquel mundo, con la cicatriz y la sangre”. Su papel en Magical Girl es el de una joven con desórdenes mentales. “La historia es tremenda, pero con Carlos me he reído como pocas veces. Tiene muy claro lo que quiere contar. Aunque te habla poco del personaje, es muy concreto con las indicaciones. Me pasaba fotos, películas: sobre todo Sympathy for Lady Vengeance, de Chan-wook Park. Rueda mucho en plano secuencia, con la partitura muy clara. Trabaja con las atmósferas, los tempos. Quiere mostrar lo mínimo, que todo suene aparentemente neutro. El equipo era reducido, y eso favorece la concentración y la intimidad que busca”.

Recuerda el rodaje de El Niño como unas vacaciones: “Como ir a Disneyworld. Lo que más me sedujo es la forma en que Daniel Monzón crea la sensación de familia. Y en cierto modo lo es: gente que lleva años trabajando con él, como sus jefes de equipo o Jorge Guerricaechevarría, su coguionista. Es como trabajar con una compañía. Recuerdo el privilegio de estar con Luis Tosar y Sergi López, escuchándoles contar historias, como con Sacristán en Magical Girl. Me lo pasé tan bien en el set de El Niño que al acabar me entraban dudas acerca de lo que había hecho. El personaje era pequeño y pensaba: ‘A ver si me he despistado, a ver si no lo he contado bien’. Pero parece que sí [por este papel gozaba de otra nominación en la última edición de los Premios Goya, como actriz secundaria; no ganó]”.

Le pregunto por la popularidad, por la excesiva exposición. “Yo no sé cuándo llegó ese momento. Amar es para siempre fue una serie popularísima, pero yo no lo sentí. Bueno, sí, en el mercado algunas señoras me decían: ‘Cuidado con el médico’ o ‘Qué mala eres, Rosa’, riendo, y poco más. No fue nada agobiante. Con el Goya claro que lo he notado: la avalancha de llamadas, de entrevistas. Ha sido un año muy lleno: las dos películas, las giras de Misántropo y La función por hacer… De repente parecía que todo confluía. El mes y medio anterior a la ceremonia fue una escalada, algo inimaginable si no lo has vivido nunca. Una locura. Galas, fiestas a las que hay que ir, otros premios, mucha moda en revistas femeninas. No me quejo, no puedo quejarme. Creo que lo llevé muy bien, con mucha energía y buen humor, porque todo eran regalos, todo era bonito y divertido. La última semana comenzó a ser un poco perturbadora: tienes que dar demasiadas opiniones sobre un montón de cosas y no estás acostumbrada, como dices, a tanta exposición personal. Y todavía no hemos podido desconectar”. Llega su compañero, el actor Israel Elejalde, al que conoció en La función por hacer. Está reventado: por la mañana ha rodado un episodio de la serie Carlos V y luego se ha zambullido en los ensayos de la Antígona que Miguel del Arco hará en la Abadía, y de la que es ayudante de dirección. Hablamos de la “vida de cómicos”, juntos día a día y noche a noche.
Yo lo veo”, dice, “como algo muy normal, porque imagino que tiene que haber muchas parejas que se dedican a la misma profesión. A eso se une que Isra y yo hemos compartido compañía, o sea, que son muchas horas juntos. Es estupendo vivir la misma pasión porque comprendemos muy bien lo que nos pasa, aunque a veces puede llegar a ser un poco obsesivo, y es entonces cuando uno ha de llamar al otro al orden y viceversa. Este año, ya ves, planeábamos descansar un poco, tener proyectos teatrales distintos, pero Manolo Llanes, del Teatro Central de Sevilla, nos descubrió La clausura del amor(Clotûre de l’amour, 2011), de Pascal Rambert, que le había deslumbrado en el festival de Aviñón. Fuimos a París, la vimos y también nos maravilló. Es como prepararse para un maratón, porque es un texto extenso e intenso sobre la separación de una pareja que además son actores: llegan a ensayar a una sala y, de repente, comienzan a decirse todo lo que no se habían dicho. Pascal Rambert, que está al frente del Théâtre de Gennevilliers, en las afueras de París, nos va a dirigir. La escribió para Audrey Bonnet y Stanislas Nordey, y ha sido un gran éxito que se ha visto en medio mundo: Nueva York, Moscú, Tokio, Roma… Y ahí estaremos Isra y yo juntos de nuevo, porque vamos a hacerla este verano en Barcelona y Madrid”.

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