6/3/15

Elfriede Jelinek: “Nunca sabremos la verdad de esos asesinatos nazis”

Fuente: Cecilia Dreymüller (elpais.com) | Foto: Leopold Nekula (Cordon Press)
En 1965 se representó, con un éxito de público sin precedentes, paralelamente en 15 teatros de Alemania Oriental y Occidental una obra de Peter Weiss, La indagación,en la que el dramaturgo y novelista judío afincado en Suecia documentaba y comentaba el llamado proceso de Auschwitz en Fráncfort. Desde entonces, el teatro documental se ha convertido en un elemento indispensable del paisaje teatral germanoparlante, a causa de su capacidad de iniciar o avivar debates públicos. El ejemplo más reciente es La muchacha callada,de Elfriede Jelinek, que versa sobre el proceso judicial contra el grupo NSU (Clandestinidad Nacional Socialista), iniciado en mayo de 2013. La opinión pública alemana quedó profundamente conmocionada cuando se desvelaron las actividades del grupo neonazi, que asesinó entre 2001 y 2006 a 9 alemanes de origen extranjero y a una agente, mientras cientos de policías y los servicios secretos ocupados en el caso no lograban detenerlos. Las preguntas suscitadas por esta conmoción se han trasladado al teatro en buena medida. Paralelamente a la representación en el teatro Kammerspiele de Múnich de la obra escrita por la Nobel de literatura de 2004 —con puesta en escena de Johan Simons— se han visto cuatro obras más sobre el caso en otros escenarios de Múnich, Fráncfort y Berlín.
En una entrevista por correo electrónico, Elfriede Jelinek confirma esta función social de los escenarios germanos contemporáneos: “Sí, el teatro alemán es, a través de sus directoras y directores, el más político y el más interesante, más que el de otros países. Una obra no sólo se origina mediante el texto, sino mediante la colaboración de todas las personas que posibilitan la puesta en escena. De todos modos, el teatro siempre ha sido político. Büchner copió para su Danton páginas y páginas de los periódicos de la Francia revolucionaria. Y del mismo modo yo suelo meter citas en mis textos, sobre todo de dramas griegos, para captar la realidad, aunque luego nunca se deje captar. Desde la antigua tragedia griega, el teatro siempre ha sido político. Hoy se me reprocha que la fuerza de la actualidad perjudique el valor literario de mi trabajo. Se trata de encontrar una vía de transformar la política diaria en literatura, esto siempre es un paseo por la cuerda floja. Pero yo empequeñezco lo grande y engrandezco lo pequeño”.
En su obra Elfriede Jelinek ha partido de las citas de los protocolos judiciales y de la prensa para crear, con elementos bíblicos y mitológicos, un espacio de cuestionamiento y reflexión. La muchacha callada está centrada en la persona de Beate Zschäpe —la única superviviente del trío asesino neonazi—, que mantiene desde el inicio del juicio un férreo silencio y representa un ataque feroz a los procedimientos de la investigación policial y al fosilizado sistema judicial, a la vez que indaga en los abismos de la xenofobia y el filonazismo alemanes. Son temas sobre los que se ha enfocado atentamente en toda su obra la escritora austriaca afincada en Múnich.
Preguntada por el origen de esta pieza teatral, Elfriede Jelinek contesta: “En realidad, escribí la pieza por sugerencia del teatro Kammerspiele de Múnich. Aunque ha habido muchas inspiraciones. De hecho, cuando la sugerencia me llegó, yo ya tenía mi propio plan de escribir sobre estos asesinatos. Y no de forma documental. Como se sabe, entre tanto han surgido varias obras sobre la NSU, con enfoques muy diversos. Por supuesto, una no puede pasar de largo de este tema. Se trata de una serie inconcebible de asesinatos racistas, a lo largo de muchos años”.
Jelinek apuesta, como suele hacer y ya hizo en su obra sobre la guerra en IrakBambilandia, por desmontar las trampas y convenciones del lenguaje, empleando una ironía tremendamente mordaz y un pronunciado sentido de humor negro. Como personajes figuran la Virgen María, el juez, un profeta, un ángel, el hijo del hombre (un Jesús prácticamente mudo) y también hay un coro de animales de peluche que representa la manada de jóvenes neonazis. Son efectos de distanciamiento sin los cuales la desnuda presentación de los hechos —referidos con retórica oficinista en el juicio— sería difícil de soportar, pues Jelinek aísla los enunciados de los testigos, de la defensa y del juez de su contexto para que la palabra desnuda revele todo su cinismo.
“Se podría decir que he envuelto el tema en una alegoría. Sólo queda viva una acusada principal, los dos autores de los crímenes se han suicidado, aunque también esto es dudoso. No he trabajado el caso criminal como tal, sino que he escrito una pieza cuasi religiosa. El punto de partida fue que Beate Zschäpe (la muchacha callada, pues no habla ante el tribunal) de joven perdió ambos ovarios por una operación. Su madre, a su vez, fue sorprendida por el nacimiento de Beate. No sabía que estaba embarazada. Esta constelación casi bíblica del ‘parto virginal’ en dos generaciones me fascinó. Beate, en cierto modo, ha dado a luz a dos Jesuses que querían librar al mundo de una manera atroz (y bien distinta del Jesús original) de todo lo diferente. Me interesó esta Trinidad poco santa”.
El discurso dramático imita el lenguaje bíblico, el de las anunciaciones y mandamientos, dejándose llevar por las características asociaciones libres de palabras de la autora a siempre nuevos e imprevisibles derroteros que rozan a menudo el absurdo. La ceguera de los órganos del Estado, su indiferencia o su connivencia con las intenciones políticas de los miembros del grupo, la falta de interés por investigar la red de ayudantes son objetivo de este discurso que como una rueda de molino tritura las palabras empleadas en los interrogatorios, los comentarios de la prensa, las declaraciones de los padres, de los cómplices y de los topos de los servicios secretos.
¿No tenía miedo de ser devorada por la máquina mediática que domina el proceso? Elfriede Jelinek responde: “No, esto a mí no me puede suceder, pues vivo en un retiro absoluto y rechazo terminantemente cualquier acercamiento. Y la pieza tampoco está escrita para el efecto sensacionalista, algo que hubiese sido fácil de hacer, pero no me interesó. Es una obra muy abstracta. También porque se sabe muy poco, la acusada no habla y probablemente nunca se sabrá la verdad, especialmente sobre la implicación de los servicios secretos en los crímenes”.

El caso NSU, un fracaso nacional

Por Luis Doncel
Tras una década de investigaciones que apuntaban en la dirección errónea, Alemania descubrió con horror en 2011 que la violencia neonazi contra ciudadanos con un color de piel más oscuro había vuelto al país. La decena de asesinatos cometidos en diversas ciudades alemanas a partir de 2000 no provenía de una oscura red de mafiosos extranjeros, sino de la organización Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU). “Este es uno de los fracasos más grandes en la historia de los servicios de seguridad alemanes”, dictaminó el líder parlamentario de los socialdemócratas, Thomas Opperman.
Las fechorías de Beate Zschäpe —la integrante de NSU que desde 2013 está siendo juzgada en Múnich— y sus compañeros ya fallecidos Uwe Böhnhardt y Uwe Mundlos solo terminaron cuando ellos dos fueron hallados muertos en una caravana y ella se entregó a la policía. Una comisión parlamentaria dictaminó en 2013 “fracaso histórico” de las autoridades alemanas en esta investigación; y un informe de la Fundación Otto Brenner amplía ahora la responsabilidad a los medios de comunicación.
Los autores del estudio señalan que, con muy pocas excepciones, la cobertura periodística de los asesinatos siguió el camino marcado por las autoridades: los medios contribuyeron a la marginación de las víctimas y a la estigmatización de sus parientes, y participaron en la búsqueda de los delincuentes con especulaciones infundadas. Un ejemplo de este sesgo con tintes racistas fue el nombre con el que se popularizaron los crímenes: “Los asesinatos del kebab”. Más tarde se sabría que el mal no provenía de extranjeros sedientos de venganza, sino de alemanes nazis.