27/5/15

L'HORT DE LES OLIVERES


DRAMATURGIA: NARCÍS COMADIRA
DIRECCIÓN: XAVIER ALBERTÍ
INTÉRPRETES: MERCÈ ARÀNEGA, RUBÈN DE EGUIA, MARTA OSSÓ, ROBERT GONZÁLEZ, MONT PLANS, ORIOL GENÍS, CARLES CANUT, AINA SÁNCHEZ, ANTONI COMAS y RICARD FERRÉ
DURACIÓN: 1h 35min
FOTO: DAVID RUANO
PRODUCCIÓN: TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA
SALA GRAN (TNC)

Quien mucho abarca poco aprieta que dicen, Narcís Comadira ha querido hacer una obra épica, la ópera de Catalunya. En ciertos momentos ves que la grandilocuencia de la puesta en escena supera a un texto inconexo, con personajes desdibujados y que ha dejado demasiado en el tintero. Las críticas y comentarios post estrena me habían creado unas expectativas que no se han satisfecho. 

La fórmula de una buena dramaturgia es que todas las piezas encajen y que la partitura suene al unísono. ¡Olvídate! En algún momento escucharás alguna nota discordante. De ópera a opereta grotesca sobre una familia ni catalana ni rusa, del común del mundo. Da igual, no importa donde se sirva la mesa si el ágape ya está frío.

Coral de voces desafinadas. Algunas tiran de oficio y se salvan, como Mercè Arànega más correcta que de costumbre, el papel no la hace brillar. Rubén de Eguia, bastante oscuro durante todo el montaje pero en la última escena la luz se apodera de su cuerpo y protagoniza la que es, sin duda, la mejor escena de toda la obra. Oriol Genís y Mont Plans son dos bufones aceptables dentro del cuadro a medio pintar.

No creo haber presenciado nunca, la Sala Gran tan vacía, aunque es cierto que la escenografía y la iluminación son dos de los aciertos del montaje, porque le otorgan un cierto simbolismo que lamentablemente no se ve compensado con la parte textual y queda un poco cojo, a expensas de que sea la mente del espectador quien logre acabar de encajar las piezas del puzle. Xavier Albertí ha optado por acercar la acción al público, eliminando las primeras filas, pero inexplicablemente después, la escena de la última cena, queda lejana, sumida en la oscuridad.

De Chéjov, a Jesucristo pasando por Shakespeare, están todos mencionados y simbólicamente representados, pero dentro de un cuadro estático, donde la vida está más disecada que los olivos del fondo. La forma se ha olvidado del fondo y la epifanía ha brillado por su ausencia.