9/6/15

Tim Robbins: “Con Shakespeare basta respetar el texto”



Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es) | Foto: Iñaki Andrés

Del trabajo de la Actor's Gang (Banda de Actores) tuvimos constancia directa en 2009. Recorrieron España con una versión de 1984. Tim Robbins (California, 1958) y los suyos montaron la distopía orwelliana sin mucha filigrana escenográfica, fiando el impacto sobre los espectadores al texto y la interpretación. Con esas austeras premisas, vuelven este verano a dos de nuestros festivales de cabecera: Clásicos en Alcalá (27 y 28 de junio) y Almagro (del 3 al 6 de julio). La excusa esta vez la brindan las representaciones de El sueño de una noche de verano.

Han pasado así de una atmósfera futurista angustiosa (sensación intensificada por Robbins a base de sonidos estridentes y una luminotecnia agresiva) al bosque encantado de Shakespeare, donde hadas y elfos, provistos de sus poderes mágicos, trastocan los amoríos de Lisandro, Demetrio, Hermia y Helena. “Queríamos hacer una nueva gira mundial, como la de 1984. Pero después de una historia tan dura, pensamos que era buena idea cambiar el registro. En plena crisis económica y en un mundo saturado de violencia, nos tocaba aportar algo más optimista. Ahora exaltamos el amor, el perdón y la redención”, explica Robbins a El Cultural desde Lyon, donde arranca su tourné europea.

El director norteamericano pone a prueba de nuevo su capacidad para perfilar y sugerir ambientes con los recursos justos. Una habilidad que tiene muy afinada desde los orígenes de la Actor's Gang, que fundó en 1981 junto a otros colegas (como John Cusack) poco después de terminar sus estudios de dirección en la Universidad de Los Ángeles. La intención de Robbins era empuñar la batuta pero ya entonces apuntaba maneras en la interpretación. Un agente le echó el ojo durante una función amateur y le abrió camino en el laberinto de Hollywood. Lo de actuar no le motivaba demasiado pero con lo que ganaba en sus incursiones en el cine y la televisión financiaba la compañía. Así que el maridaje con los grandes estudios se hizo inevitable para, paradójicamente, contar con absoluta libertad creativa. Eso sí, dentro de unos presupuestos ajustados al milímetro, ya que entonces su caché no daba todavía para muchos fastos.

Militante del credo punk- rockero, en esa época se abalanzó sobre el surrealismo de Alfred Jarry (la Actor's Gang se desvirgó con su Ubú rey) y el rescoldo combativo y expresionista de Bertold Brecht. “Apostatamos del costumbrismo que imperaba en la escena norteamericana”, recuerda. Teatro físico y visceral, pura electricidad, eso era lo que le pedía el cuerpo.

Reivindicaba (y reivindica) Robbins el legado de la Comedia del Arte y del vanguardista Théâtre du Soleil comandado por Ariane Mnouchkine en París. Tras esos orígenes juveniles, la compañía fue ampliando el espectro y atenuando ligeramente el prurito radical. Fueron incorporando a su repertorio autores como Molière, Esquilo, Thornton Wilder, Kurt Vonnegut... Y a Shakespeare ahora, con ese toque experimental marca de la casa: “Estamos probando cosas que creo que no se han intentado nunca. Lo esencial que queremos transmitir es que, una vez los amantes entran en el bosque, todo puede suceder. La reglas racionales ya no rigen”.

Para plasmar escénicamente esa percepción, tiraron de inventiva, dado que de dinero andaban justos. Y así desembocaron en una solución colectiva: “Todos los actores permanecen en escena durante la función entera. Con sus voces y sus cuerpos, conforman el bosque. Y a medida que la historia avanza se convierten en un coro que opera como el subconsciente de los amantes. Ya hacia el final incluso se van anticipando, de modo que presente y pasado empiezan a confundirse, que es lo mismo que sucede al consumir ciertas drogas”. La proteica condición otorgada al duendecillo Puck, que muta en diversos animales y objetos, desde un taburete hasta un cangrejo, acentúa la impresión de desvarío, de hechizo.

Avisados quedan los espectadores que acudan al Espacio Miguel Narros de Almagro y al Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares. Robbins ha trabajado a fondo esa alteración en la conciencia de los espectadores, como hace con cada producción. Le gusta macerarlas al estilo europeo, del que destaca (acaso ingenuamente) la implicación de los fondos públicos en iniciativas teatralesy la prolongada duración de la fase embrionaria de los ensayos. A ese modelo es al que siempre ha aspirado con The Actor's Gang, un laboratorio en el que prevalece la investigación sobre la parcela crematística. Robbins siempre se las ha apañado para dedicarle el tiempo necesario a su querencia teatral. Detalle que revela la importancia concedida a esta vertiente de su carrera, durante muchos tramos asediada por innumerables compromisos fílmicos.

“Esas jornadas con la compañía son para mí una bendición”, afirma. Y es que en torno a las tablas ha emergido como un artista integral, que actúa, dirige y escribe sus propias piezas. Aunque, confiesa, le resulta más sencillo escenificar textos ajenos, sobre todo si el que tiene entre manos lleva la firma de Shakespeare. En ese dominio sagrado de la palabra embrida la inclinación a innovar. “Lo grandioso de sus obras es que en ellas está todo. Basta con respetar la literalidad. A mí no se me va a ocurrir enmendarle la plana. Y la verdad es que llevo muy mal todas esas adaptaciones de sus obras que discurren en el salvaje oeste, o donde los personajes son unos mafiosos, inventos de ese tipo lo desvirtúan”, sentencia.

Como una bendición también suena el último parlamento de Oberón, el rey de las hadas, que anima a las tres parejas protagonistas a engendrar esa misma noche su descendencia, garantizándoles que nacerá sana y será feliz. Robbins extiende su influjo al patio de butacas, inmejorable manera de incendiar el verano. 

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