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3/1/16

EL PÚBLICO


AUTOR: FEDERICO GARCÍA LORCA
DIRECCIÓN: ÀLEX RIGOLA
INTÉRPRETES: NACHO VERA, PEP TOSAR, NAO ALBET, GUILLERMO WEICKERT, LAIA DURAN, DAVID BOCETA, JESÚS BARRANCO, PAU ROCA, MARÍA HERRANZ, JORGE VARANDELA, JAIME LORENTE, DAVID LUQUE, IRENE ESCOLAR, JUAN CODINA, JOSÉ LUIS TORRIJO
ESPACIO ESCÉNICO: MAX GLAENZEL
ILUMINACIÓN: CARLOS MARQUERIE
DURACIÓN: 1h 20min
FOTOGRAFIA: ROS RIBAS
PRODUCCIÓN: TEATRO NACIONAL DE CATALUNYA y TEATRO DE LA ABADÍA
SALA GRAN (TNC)

Escribo esta crítica pensando que soy incapaz de abarcar con mis palabras el brutal universo que describe Federico García Lorca en El Público. Inconmensurable obra llena de simbolismo, con una imaginación desbordante y que provoca diversas miradas sobre la obra, para los que sean capaces de sumergirse en ese universo y para aquellos, que aún sabiendo que hay cosas que se les escapan, optan por quedarse en una primera lectura, (a la salida de la sala siempre pueden leerse el magnífico programa de mano).

Con una Sala Gran recortada, con una escenografía de vibrante e imponente de Max Graenzel (con una iluminación poderosísima de Carlos Marquerie) que acompaña al espectador desde que éste entra por la puerta y le acompañará mucho tiempo después de la salida. Entre brillos y arena se dan cita los fantasmas del autor, sus miedos, sus frustraciones, sus deseos, la pulsión entre sus deseos más íntimos y lo que la sociedad marca, el teatro y la vida. Un teatro, que se ha aburguesado, ha dejado de interesarse por la vida, está muerto, y que Lorca a través del surrealismo intenta resucitarlo (las hormigas de Dalí o una Elena que no puede irse como si fueran los personajes burgueses de "El ángel exterminador" de Buñuel).

Pero teatro no es sólo texto, con una poesía y un puñal en cada verso, también es catarsis colectiva, brillantemente dibujada en en penúltimo cuadro, cuando Nao Albet canta "La canción del Pastor Lobo" y Laia Duran da luz a los versos a través de una hipnótica danza. Sin hacernos sangre, el último compás está marcado por esa desilusión que parece no tener fin y teñir la escena. Moribundo y sin opción, el teatro deja pasar a sus espectadores, que no han sido lo suficientemente valientes de presenciar la muerte en escena.

Federico García Lorca guardó en un cajón una obra que el pensaba que el público no estaba preparado para verla, después de acabar de escribirla en 1930. Hoy, y después de observar el comportamiento de la sala, no estoy del todo segura de que haya cambiado el signo de la afirmación. Gente abandonando su asiento antes de que acabarán los aplausos, ni el más mínimo bravo a una compañía, a la que una servidora hubiera estado aplaudiendo días, y para un texto, que a día de hoy está más vivo que nunca. El teatro sigue moribundo y sólo depende de nosotros resucitarlo, por lo que diría, y aunque no es de este texto, "tócala otra vez, Sam". Gracias, Rigola!